miércoles, 11 de noviembre de 2015

El Consejo Nocturno de Platón


No sólo debemos a Platón excelencias filosóficas tan amenas, profundas y atrayentes como su inigualable Mito de la Caverna; o cautivadoras historias que han encendido -y lo continúan haciendo- interminables debates científicos a lo largo de la Historia, como es el tema de la mitológica Atlántida, sino que también le debemos -al menos como fuente de sabiduría y alivio a la que acudir cuando el espíritu necesita un paño de Verónica con el que secarse las gotas de sangre que emanan de su particular corona de espinas-, la aproximación a la idea de un gobierno ideal establecido por legisladores y sacerdotes -los idóneos para él, eran los de Apolo-, a los que, bajo la denominación de Consejo Nocturno, recomendaba reunirse a deliberar y tomar decisiones para el bien común, en ese momento tan específico, especial y peculiar que media entre las primeras luces y la salida del sol, cuando las personas todavía permanecen bajo la influencia de las visiones oníricas del ambiguo Hypnos y los portentosos sementales tiran con brío del Carro, para sacar al Sol, una vez más, de su exilio diario en el Inframundo.

Posiblemente, la decisión de Cristo de entrar en Jerusalén como Mesías a lomo de una burra, se gestara en un momento como éste; y en un momento similar, allá, en el fatídico Huerto de los Olivos, el ángel le ofreciera, también, el Cáliz Amargo y la Cruz del martirio. Es el mejor momento, o el momento más especial de los viajes de éste humilde Caminante: un momento por y para el Espíritu. También, todas estas imágenes se han tomado, jornada tras jornada, desde un lugar muy especial: un Hospital.

Quién sabe, quizás sirvan para algo y alguien con las posibilidades y el poder suficiente tome ejemplo y piense en los demás desde una perspectiva diferente.

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miércoles, 4 de noviembre de 2015

En el Valle del Silencio: Compludo y su herrería


El Silencio es como una partitura en blanco que hay que ir escribiendo, concienzudamente, con la música del Espíritu. Nada resulta más certero para el afortunado caminante que, sin importar el medio elegido para su desplazamiento, afronta con expectación ésta difícil y dura décima etapa descrita por Aymerich Picaud en su Codex Calistinus. Etapa que, a grosso modo, y sin meterse en esas profundidades donde habita una de las más auténticas y originales Anima Bergidum, como es Compludo, se describe como el trayecto que va de Rabanal del Camino –pueblo fundado, según la tradición, por los templarios custodios del camino- a Villafranca del Bierzo, en la desembocadura del río Valcarce, pasado el puerto del monte Irago, pero vigilado en la distancia por otro monte imponente, donde todavía habita el espíritu de antiguas divinidades: el Teleno. El desvío hacia Compludo se alcanza en las proximidades de esos 1145 metros de altitud sobre los que asienta sus reales orígenes hospitalarios el pueblecito de El Acebo, una vez dejados atrás sus limitadas lindes urbanas, así como la mítica fuente del Druida, conocida por todos los peregrinos que se dirigen hacia Ponferrada –aun con su cartel actual de agua no potable-, y que allí, quizá porque el propio Camino invita a echar mano constantemente del Simbolismo, llaman de la Trucha. O de la Truite, on parle français, que era otra forma de referirse a una casta muy especial de sabios a la que ya nos hemos referido: los druidas.

La travesía, broken Golden silence, roto ese Silencio que es Oro por el ladrido ocasional de algún perrillo entregado al papel de vigilante –el mismo, que antiguamente hacían las ocas-, continúa en tono decreciente, configurando complicados innuendos a medida que el camino se convierte, por su agreste constitución y comparativamente hablando, en ese non plus ultra que tanto temían los supersticiosos marinos medievales, porque pensaban que más allá de las lindes conocidas, sólo había terribles monstruos, un vacío insuperable, y desde luego, una muerte cierta. De igual manera, para el viajero que se adentra por primera vez en las complejidades de un lugar como Compludo y su entorno, la sensación no es diferente. Puede que se acentúe más, aún, con ese silencio atípico; un silencio, apenas quebrado por el susurro de las aguas de los arroyos Miera y Miruelos, en su melancólico discurrir, hasta fundirse como almas gemelas, aproximadamente medio kilómetro más adelante, en el lugar donde se ubica esa impresionante reliquia medieval, que es la herrería. Y no obstante, para llegar a ella, se hace necesario adentrarse a pecho descubierto en esa parte original, mitológica y autóctona, que es el milenario bosque que la circunda. Apenas el discurrir del arroyo es un susurro encantado, una nana dulce, cantada, quizás por una xana hermana de aquélla otra que custodia el lago de Carracedo, que acuna y adormece a unos árboles viejísimos, cuyas raíces se aferran a una tierra milenaria, con sabor propio y ecos de antiquísimos misereres y Te Deum laudamus. Una tierra, en la que no hay carteles a la vista; pero enseguida se sabe que este bosque es puro Bierzo. Un bosque encantado, donde es difícil no tener sensaciones de ambigua complejidad. Uno ve a los árboles, y a la vez, siente que ellos también le ven a él; que te observan, impertérritos pero con interés, desde la inmóvil beatitud de unos troncos que se retuercen con los achaques pero también con la sabiduría de la vejez; unos troncos cubiertos de una curiosa barba de color verde o marfileña en algunos casos, ajena a la contaminación, que les confiere el aspecto inocente –comparativamente hablando-, y a la vez monstruoso y salvaje que los canteros medievales representaban con harta frecuencia en los capiteles de las iglesias, seguramente en un intento deliberado de mostrar en el alma de la piedra las proyecciones de su propio yo. Hay una ausencia de aves, no obstante, que no deja de ser, después de todo, desconcertante.

Antes de llegar a la herrería, es difícil no percatarse de ello y preguntarse si el legendario calentón de San Genadio –extrañísimo hubiera sido, que un lugar tan peculiar como éste no hubiera contado con su Ginés o su Jina-, continúa siendo una especie de barrera infranqueable que no se les permite traspasar, salvo, quizás, en su faceta ctónica. El Silencio es Oro, desde luego, pero a la vez, se echan de menos sus trinos armónicos, que al fin y al cabo –y que me perdone el santo jina-, contribuyen a la fecundidad y vitalidad de un bosque. La herrería es un edificio extraño, macizo e imponente, que derrocha esa gallarda fuerza eterna que le confiere la piedra, y resulta extraño no preguntarse qué tipo de iniciaciones no se llevaron a cabo allí en tiempos; si el herrero, como manda la buena tradición iniciática, era cojo o tuerto, y si, aparte de su papel de maestro, no forjaría también versos, como nos cuenta Snorri Sturrluson acerca de otro famoso Herrero Divino: el propio Odín. Se ve que la noche ha sido gélida, y su aliento, astral como el abrazo preternatural de la muerte, no sólo se advierte en la capa de escarcha que tapona cual masilla los poros de la tierra, sino también en los impresionantes carámbanos que, cual afiladas Tizonas, se balancean de unos arcos de medio punto, a través de los cuales se advierten los engranajes de su vulcaniana fragua medieval. Hay también una pequeña cascada, la blancura lechosa de cuyas aguas semejan litros de leche vaciándose de un cántaro volcado. Y es que, no en vano, Compludo forma parte de ese Camino de Santiago, sí pero a la vez, del Camino de la Vía Láctea.

De vuelta al camino, es difícil no verse acompañado por la relevante sensación de haber estado en un lugar único. Quizás por eso, ese humo feliz que se escapa de las chimeneas de unos hogares que comienzan a despertar del letargo voluntario de la noche, o esos primeros rayos del sol iluminando los piramidones más altos de los montes que circundan a éste recóndito Brigadoon, o esa placa que recuerda a San Fructuoso –cuyo afán de soledad le salió rana- y el lugar donde decidió fundar su monasterio a instancias del rey Chindasvinto y su esposa dejen, en el fondo, de tener un interés sustancial. En lo más profundo del Valle del Silencio, aún late con fuerza un corazón tan viejo como el mundo. Un corazón sagrado llamado Tierra. En definitiva: Gaia vincit, Gaia imperat.

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lunes, 2 de noviembre de 2015

El Parque del Capricho y los Arquetipos del Camino


Hablar de un lugar tan especial como éste, conlleva, cuando menos, remontarse a un tiempo y unos antecedentes en los que la magia, el esoterismo y el ocultismo constituían algo más que una tendencia pasajera entre las gentes pudientes de una sociedad europea, privilegiada y mercantilista, que se aislaba voluntariamente de esa revolución industrial que estaba transformando a los pueblos, en la piel de cuyos habitantes comenzaba a apreciarse el color gris ceniciento del polvillo que se desprendía del humo de las chimeneas de las fábricas o el rímel indeleble del hollín del carbón que se extraía de las entrañas de las minas. Un tiempo, en el que pasado el vendaval napoleónico y apenas recién estrenada la era moderna, arquitectos románticos y visionarios, como Viollet le Duc –aquél sabio intuitivo, que proclamaba con solvencia que los pintores modernos debían estudiar el arte medieval como una lengua, no sólo en las palabras sino también en su gramática y en su espíritu-,  y escritores románticos como Víctor Hugo, rescataban de la ruina parte de la brillante y milenaria magia de la catedral de Notre Dame de París, y en Madrid, entre la estación y la basílica, las ruedas de los carros todavía pasaban por encima de algún atochar, planta de tipo espinoso parecida al esparto, que había dado su nombre, así mismo, a una de las Vírgenes Negras más carismáticas de la ciudad: la Virgen de Atocha. Tiempos en los que, a pesar del analfabetismo popular generalizado –herencia, sin duda, de una Edad Media, cuyos estamentos se prolongaron más allá del tiempo-, el rito, el mito y la tradición –en definitiva, ese conjunto primigenio de arquetipos que Jung definió como el inconsciente colectivo-, subsistían en alegre convivencia –cual shakespirianas comadres de Windsor-, haciendo de lejanas charcas los lodos presentes en la época. Tiempos en los que, aparte del despertar de los movimientos obreros, de los sentimientos nacionalistas o del fragor sangriento de las primeras bombas anarquistas, el pasado, toda vez que el reinado de terror de la Inquisición comenzaba a vislumbrar su ocaso en los confines del horizonte, volvía a abrir la Caja de Pandora, latente en las oscuridades del útero de Proserpina, liberando embriones de heterodoxia, de cuyo líquido amniótico se nutrían sectas y agrupaciones que volvían a mostrar de cara al sol, entre otros, las columnas y los compases masónicos en sus mandiles o las cruces patadas en las hombreras inmaculadas de sus blancas capas.

Hecho milimétricamente a capricho –de ahí su nombre, que define al propio jardín, así como a todos sus elementos- por la propia duquesa de Osuna, Doña María Josefa Alonso Pimentel, es mucho más que otro simple conjunto histórico-artístico, como así lo declaró en 1934 –resulta evidente, que con todo merecimiento-, el Patronato para la Conservación y Protección de los Jardines de España, organismo dependiente de la Dirección General de Bellas Artes. Es un jardín, sí; es histórico, por supuesto; y es artístico, naturalmente. Pero a la vez, según uno se pierde por sus pintorescos rincones, se tiene la impresión, cuando menos, de que en realidad, lo que la duquesa dirigió personalmente con tantos detalles arquetípicos implícitos, fue algo más que un elegante y lujoso espacio de ocio en el que pasar largas temporadas y con el que cumplimentar el tedio y el aburrimiento de sus amistades más allegadas, independientemente de que entre éstas se contaran artistas e intelectuales de la época, algunos de los cuales había intervenido en su ejecución: un jardín especialmente diseñado como lugar iniciático. Pudiera darse el caso, perfectamente, de que bajo la apariencia de esas lujosas fiestas en las que no falta de nada y a las que el refranero popular suele referirse como tirar la casa por la ventana, los invitados, con o sin conocimiento, se vieran envueltos en todo un viaje lúdico pero a la vez iniciático, que en pequeña escala, desde luego, reprodujera el sentido de los grandes viajes espirituales. Un viaje, por añadidura, convenientemente indicado por los diferentes arquetipos marcados en su itinerario –a la manera, por ejemplo, del famoso Juego de la Oca-, sin importar por dónde los participantes comiencen el recorrido. De tal modo, que hay caminos solitarios, umbríos y en algún momento tenebrosos, que recuerdan a esa selva oscura, áspera y fuerte con la que comenzaba Dante los primeros versos de su Divina Comedia. Hay también algún claro, entre la frondosidad de un heterogéneo arbolado, donde una casita, denominada de la Vieja, nos recuerda aquella otra trampa mortal en la que residía la bruja malvada –otro de los aspectos encubiertos de la Triple Diosa- del famoso cuento de los Hermanos Grimm, titulado Hansel y Gretel, que podría representar, comparativamente hablando, esa cárcel de la que es difícil salir y en la que en el mencionado Juego de la Oca resultaría necesario que otro jugador recalara en ella y ocupara nuestro lugar. Parte de las espinas del Camino: lo imprevisto, las inconveniencias, el exceso de confianza. Siguiendo ese mismo sendero, a una centena de metros más adelante, otro claro nos descubre un curioso edificio cuya planta, de forma poligonal, nos recuerda ese tipo tan peculiar de arquitectura oriental, traída, entre otros, por los cruzados de Tierra Santa. Se trata del Casino o Salón de Baile –otro de los arquetipos que ha acompañado siempre la mayoría de rituales de la humanidad-, y en cada una de sus caras, una alegoría greco-latina nos remite a las antiguas ceremonias paganas. Curiosamente, para acceder a él, los invitados lo hacían en pequeñas falúas –recordemos a Caronte, el barquero del inframundo-, que partían de la denominada Casa de Cañas situada en el embarcadero del lago, accediendo al Casino por un pequeño canal, al final del cual, y situado en un pequeño túnel, les aguardaba otra figura arquetípica: el Guardián del Umbral. Llama la atención el aspecto de éste: un fiero jabalí recostado sobre sus cuartos traseros. Recordemos la importancia que su figura tuvo, sobre todo, en el arte románico, siendo, junto con el ciervo, los elementos principales del simbolismo cinegético medieval. Pero además, si echamos un vistazo a los grandes clásicos de la literatura medieval, observaremos, en la fascinante historia del hada Melusina, que uno de los más grandes linajes medievales, el de los Lusignan, comenzó, precisamente, con un desgraciado accidente cuando se intentaba dar caza a un jabalí.

El lago, si bien no muy grande, sí resulta, no obstante, embriagador. De forma circular, tiene un pequeño islote en su centro –el círculo y un punto en el centro, como se representaba la perfección y por defecto a Dios, también en la Edad Media-, en el que por encima de una pequeña cascada, un bloque rectangular de granito nos recuerda la figura del duque de Osuna. En la Casa de Cañas, situada, como se ha dicho, junto al embarcadero –en la parte interior de éste, un cuadro nos muestra un bucólico paisaje en el que destaca un templo pagano-, encontramos otro símbolo primordial: ese Yin-Yang hebraico conocido como Estrella o Sello de Salomón, que nos remite a la antigua sabiduría cabalística. Las hermosas palmípedas que evolucionan en las aguas del lago, si bien no son ocas, sí son familia de éstas: cisnes, patos y ánades, animales con características ctónicas, que ya figuraban en la decoración de los antiguos ninfeos, como lo demuestra el de Santa Eulalia de Bóveda. Junto al lago y el embarcadero, se localiza un fortín con forma de estrella. Y no muy lejos de éstos, casi oculta por la vegetación y los árboles, una pequeña ermita constituye todo un gran enigma. Realizada en parte con una técnica que ya utilizaban los grandes genios del Renacimiento, como Miguel Ángel y Leonardo, la del trampantojo –uno de los sitios más conocidos y espectaculares donde Miguel Ángel la puso en práctica, fue precisamente la Capilla Sixtina-, llama la atención la puerta de entrada, que reproduce otro gran símbolo arquetípico: el pie de druida o pentágono o estrella de cinco puntas. Así mismo, entre los símbolos que se aprecian en el suelo, junto a la puerta, destaca uno en particular: la cruz patada. Pero el gran enigma de este pequeño conjunto, reside en el jardincillo anexo al porticado lateral sur: una pequeña pirámide de granito que, al parecer, constituye no sólo otro símbolo arquetípico de perfección, sino además, la tumba de un misterioso y anónimo ermitaño, figura clave en otro conjunto monumental de arquetipos: las láminas o cartas del Tarot. Siguiendo el sendero y cercano a ésta, hay un pequeño estanque, con forma de riñón, donde se aprecia como referencia un torso clásico, en la base de cuyo soporte o columna, aparece otro arquetipo esencial, apenas perceptible: la rosa. De regreso a la explanada principal, aquella que desemboca en el palacio o mansión, un pequeño templete de forma semiesférica, en cuya parte central sobresale un busto de la duquesa, la magia de los números, unida a los arquetipos mitológicos, nos sorprende: ocho son las esfinges que lo custodian. A pesar de haber varios más pequeños y de diversa forma repartidos por los diferentes rincones de las 14 hectáreas que conforman este monumental jardín, el Laberinto principal, enorme y grandioso en su diseño –émulo de aquéllos otros, como el de la catedral de Chartres-, representa, con su inquietante presencia, no sólo uno de los arquetipos más antiguos que han acompañado a ese inconsciente colectivo desde el alba de los tiempos, sino también, uno de los elementos que más expectación genera entre los visitantes, y de hecho, como muy bien afirmaba Mircea Eliade, representa también al Ulises que todos llevamos dentro y a esa Ítaca -centro, ombligo o cordón umbilical-, a la que todos anhelamos regresar.

Hay otros mundos, pero están en éste, decía Paul Elouard. Hay otros muchos misterios en ésta invitación al Viaje, que es en el fondo este Parque o Jardín del Capricho. Pero la cuestión es: ¿te atreves a descubrirlos?.

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viernes, 23 de octubre de 2015

El Guardián del Umbral


No se trata del plagio de la delirante novela de H.P. Lovecraft, pero sí podría decirse que coincide básicamente con sus planteamientos, si consideramos el trasfondo psicológico que se oculta realmente detrás de éstas misteriosas figuras, conocidas generalmente como guardián o guardianes del umbral y que, con mayor o menor carga de efectividad emocional, custodian indolentemente cualquiera de esos accesos que separan dos mundos generalmente muy específicos, pero intrínsecamente relacionados: el físico y el espiritual. Si bien sus antecedentes más notables, se encuentran, generalmente, en los accesos a los templos, no son ajenos, tampoco, a otra clase de lugares e instituciones. Tal es el caso, por ejemplo, de un parque que bien podría considerarse como mágico, si por mágico entendemos –aparte, obviamente, del embrujo y la fascinación que despiertan siempre los lugares naturales-, la utilización de unos símbolos específicos, encaminados astutamente a despertar en el espectador unos arquetipos determinados, aletargados en lo más profundo de la psique, que vendrían a constituir esa otra realidad tan fascinante, a la que el gran psicólogo C. G. Jung denominaba como el inconsciente colectivo. Convertirse en hermeneuta y pretender ahondar, quizás, en ese profundo y tenebroso mar de la consciencia, conlleva, cuando menos, despertar profundos terrores contenidos en los genes de una humanidad que nació temblando de miedo en lo más profundo de las cavernas. Todas las grandes civilizaciones supieron aprovecharse de ello y los utilizaron; incluso el Cristianismo, seguramente basándose, sobre todo, en los demonios que conjuraban el modelo de modelos, es decir, el Templo de Salomón, también se alió con ellos, utilizándolos en los umbrales de sus templos. En este jardín mágico al que hacemos referencia –que descubriremos en una próxima entrada, cuando nos demos un paseo más amplio por él-, no deja de llamar la atención este simbólico centinela, en la figura de un imponente jabalí, plantado sobre sus cuartos traseros, a la entrada de una cueva o puente, según se mire –en no pocas ocasiones, vienen a constituir un efecto gemelo, simbólicamente hablando-, que podría considerarse como el umbral que separa, así mismo, los dos mundos a los que se viene haciendo referencia. Su aspecto, como el aspecto de aquellos terribles monstruos o leones, que generalmente solían ser una constante en los templos románicos –objetos y sujetos, sobre cuya evolución y planteamiento se podría un interesante y voluminoso tratado-, es igual de siniestro y amenazador, y cuando menos, invita también a la reflexión. Y observándolo y a la vez reflexionando, cabría también preguntarse si la pregunta que en realidad nos está haciendo, retándonos con sus poderosos colmillos, no es otra que ésta: ¿te atreves a ir más allá?.

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sábado, 3 de octubre de 2015

El agua que hace Sacra a una Ribera


Sabiamente se expresaba el gran poeta hindú, Rabindranath Tagore, cuando afirmaba que no es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción, como bien se nos recuerda, toda vez que nos dejamos caer por un Lugar del Espíritu, como es el Monasterio de Piedra y su maravilloso entorno. Pero no es de este monasterio -venido a menos con la Desamortización de Mendizábal y en parte recuperado con fines hosteleros- y de su entorno de quien pretendo hablar, siquiera unas breves líneas, sino de otro entorno privilegiado e indiscutiblemente especial, donde unos guijarros monumentales, metafóricamente hablando, han sido pulidos y moldeados con infinita destreza y con la paciencia de siglos, por las aguas maternas de un río, el Síl, que aunque no lleve la fama de su pariente, el Miño, despliega en silencio la sabiduría creadora de los auténticos maestros. Y no falta maestría, navegando en esas aguas que son espejo de luna y estrellas y Madre espiritual de cuyo pecho abrevaron en el pasado infinitud de pueblos y culturas, que fueron dejando huella de su paso, si bien terminaron imponiéndose unos cenobios cristianos que, curiosamente, y salvo excepciones tierra adentro, apenas recordaron la gran verdad de sus orígenes. Decían los egipcios, que eran las lágrimas de Isis las que gobernaban las aguas del Nilo. Puede que aquí no se la llamara Isis, y que tuviera otros nombres antes de alcanzar el de María -que en el fondo es lo mismo, pues hasta el Cristianismo reconoce a la Madre de la Madre como Ana o Agua-, pero su presencia, después de todo, es indiscutible y sublime, siendo el agua el líquido amniótico con el que Ella conecta y se comunica, como bien nos enseñan prácticamente todos los grandes mitos de la Creación. No es de extrañar, pues, que de tan carismática Fuente se alimenten, entre otros, unos viñedos que llevan en sus genes, cuando menos, los humores que tanto la caracterizan: benefactor y complaciente o por el contrario, irascible o perverso. Todo viaje por un lugar como ésta Ribera Sacra es, no cabe duda, un viaje de iniciación de primera magnitud. Porque, como decía el gran poeta: Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.

El agua que hace Sacra a una Ribera.


lunes, 28 de septiembre de 2015

Arquetipos del Espíritu: el Otoño


El Otoño es el ángel en el Sepulcro, que nos señala el vacío del invierno, pero cuyos ojos nos prometen la resurrección de la primavera. Es la varita mágica del Mago, que nos hace ver que todo es ilusión o vanidad, como nos indica, a la vez, ese bastón que porta el Loco que todos llevamos dentro. Pero también, el Otoño es gracia de la Musa y Poesía, pues, como decía Álvaro Cunqueiro (1), ¿acaso no será el hombre el árbol que da las flores de la melancolía?. Y de ser así, añadía, cuando éstas flores brotan, ¿no se da cuenta el hombre de que ha florecido en otoño, al borde mismo del frío viento invernal?. El Otoño: un arquetipo sobre el que meditar.


(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos' (selección de César Antonio Molina), Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004, página 21

lunes, 21 de septiembre de 2015

Molinos de Portofurado


Otro de los innumerables elementos que por antigüedad, tradición y arraigambre en la cultura mediática popular, parece formar parte también de ese numeroso grupo de elementos tradicionales, a los que de manera simbólica se podría otorgar el adjetivo calificativo de mágico, es el molino, o muiño, como es generalmente denominado en llingua galega. Suelen estar situados a la vera de ríos y arroyos, y gran parte de su peculiaridad y encanto, reside en que, generalmente, se los encuentra uno situados en parajes de extraordinaria belleza, por lo que no resulta difícil que por añadidura, en muchas ocasiones, su contemplación suela producir en el observador la sensación de estar bajo los efectos de un meigallo, palabra con la que las bonas xentes galegas definen al hechizo o embrujamiento.

Por otra parte, si tuviéramos que hacer comparaciones, por muy odiosas que éstas, en el fondo, puedan llegar a resultarnos, tal vez no nos resulte ciertamente exagerado ver en estos rudimentarios pero eficaces auxiliares del fascinante mundo rural, un elemento psicopompo –por su asociación con el río, el viaje y los peajes-, ligado, además, a una abundante y variada mitología, en la que el folklore popular, transforma a las antiguas xanas o donas d’aigua, en las hermosas molineras que dieron origen a numerosas coplas y canciones, bajo cuyos encantos sucumbió incluso más de un párroco rural. 

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viernes, 18 de septiembre de 2015

La catedral de León al atardecer


Dejando a un lado los Lugares del Espíritu por excelencia, que no son otros que los inapreciables retoños que brotan de la cálida matriz de Donna Gaia, si tuviera que pensar en aquellos otros ideados por la mano del hombre -al fin y al cabo, pauperi y limitado imitador del Arte Supremo-, no podría, por menos, que decidirme por las catedrales. Con ellas, ocurre lo mismo que con las personas: son un mundo. Un mundo, por añadidura, que merece la pena descubrir y amar. Pero descubrir, significa también admirar, buscar la belleza interna y externa de las cosas, y dejarse llevar por la gracia de las sensaciones generadas en un instante. A mí me pareció, y por eso lo comparto, que esa gracia se mostró un atardecer de verano -lejos quedaba la magia de la noche de San Juan, pero no la alegría del solsticio-, cuando el sol se dirigía hacia su cuna en Finisterre y la explosión de gloria de sus últimos bostezos, cual dedo de Midas, se desparramaba con filigranas de oro por la fachada de una sacerdotisa -metafóricamente hablando-, que se preparaba a recibir a su Señora, la Luna. Decía Heráclito de Éfeso, que el carácter del hombre es su destino; pero se guardó mucho de añadir, que en el fondo, tanto el destino como el carácter como el hombre, siempre sucumben frente a la Belleza.

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domingo, 13 de septiembre de 2015

Infiesto: Santuario de la Virgen de la Cueva


'Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva...'

Otro de los principales Santuarios Marianos del Principado, junto con los de Covadonga, Santa María de Lugás e incluso la popular Virgen del Acebo, situada a mil metros de altitud, en el puerto que lleva su nombre y a unos doce kilómetros, aproximadamente de Cangas del Narcea, no es otro que este humilde pero hermoso cobijo que, dedicado a una figura ancestral, cuyo nombre resulta más que suficiente para encender la imaginación e intuir sus ancestrales orígenes, así como sus precristianas raíces, se localiza en uno de los lugares más relevantes de Asturias: el Santuario de la Virgen de la Cueva, en Infiesto. Hemos de situar Infiesto, en esa carretera general que, partiendo de Oviedo conduce, siguiendo en paralelo antiguos caminos reales bien utilizados por los peregrinos -incluido Colloto, de cuya iglesia prerrománica dedicada a la figura de Santa Eulalia no queda nada, pues tuvo que ser remodelada después de la Guerra Civil, pero sí que conserva, no obstante, el antiguo puente medieval que atravesaban todos los peregrinos que se dirigían en dirección a la catedral de San Salvador de Oviedo-, hacia Arriondas, donde se bifurca, a la derecha en dirección a Cangas de Onís y Covadonga y a la izquierda, hacia Llanes y la costa. Infiesto, además, queda en las proximidades de otras poblaciones que, si bien aparentemente han perdido la mayor parte de su relevancia artística medieval, no dejan de tener una larga e interesante historia, como sería el caso de la vecina Soto de Dueñas, o de Llames de Parres, en cuyo término, aunque ciertamente con posteriores remodelaciones, se puede ver una auténtica y singular joya románica, en su iglesia de los siglos XI-XII, dedicada a una peculiar figura: San Martín de Escoto.

Bien señalizado, no obstante apenas se entra en la localidad, aunque situado a las afueras de ésta, aproximadamente doscientos metros más adelante del tanatorio, tenemos en este recóndito lugar, posiblemente, también, el origen de esa popular canción, cuyas primeras estrofas sirven de preludio a la presente entrada. Si bien no tiene las proporciones y la fenomenal galería subterránea que recorre los interiores del monte Auseba donde se eleva el más importante y ya mencionado Santuario de la Santina de Covadonga, tenemos aquí uno de los lugares más apacibles y emblemáticos de la fenomenología mariana astur, plácidamente asentado sobre el refugio de una formidable formación rocosa, a cuya vera, tranquilo y cantarín, discurre con parsimoniosa pulcritud el río Piloña.

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sábado, 5 de septiembre de 2015

La Magia del Narcea


Algunos kilómetros más allá de su nacimiento en las Fuentes que llevan su nombre, y una vez pasados la señorial Cangas del Narcea e incluso Corias -lugar donde se asienta ese legendario monasterio cauriense, supuestamente descendido del cielo, probablemente por ángeles hermanos de aquéllos otros, cuyas artes en la orfebrería legaron a la posteridad una de las más insignes Cruces que se conservan en la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo, aquélla que también lleva su nombre, de los Ángeles-, el Narcea se desliza somnoliento, corcoveando, cual cuélebre fantástico, a la vera de montes y quebradas que, imbuidas de ancestral misterio, lucen, no obstante su grandiosa hermosura, un cierto aspecto de tenebrosa sobrenaturalidad. Esos corcoveos, a medida que el río crece y se ensancha, acercándose a una temprana madurez, se transforman en perfectas curvas de ballesta -como diría aquél hombre bueno, que fuera Don Antonio Machado, aunque en este caso, refiriéndose a su pariente el Duero a su paso por la ciudad de Soria y la ermita de San Saturio-, regalando escenas inolvidables, seguramente encaminadas a seducir los espíritus de los hombres. No resulta vano y mucho menos baladí hablar de seducciones, si tenemos en cuenta que estamos en una parte muy particular de esas milenarias Asturias, donde algún que otro viajero, tuvo la fortuna -o la desgracia, según se mire-, de tropezarse con uno de esos seres sobrenaturales -Dioses de la Vida y de la Muerte, como los definió en el siglo pasado, ese gran cronista asturiano que fue Constantino Cabal- que conforman la rica mitología popular astur. Cuenta aquél gran hombre y teósofo que fuera Mario Roso de Luna, que por estos lares, y mientas se dirigía hacia Soto de los Infantes, le salió al paso una formidable xana, de la que quedó mortalmente prendido y de cuya influencia pudo escapar con bien, gracias a ciertas ayudas, evidentemente también sobrenaturales, que le proporcionaron algunos peculiares compañeros de viaje. Quisiera pensar, a la vista de la belleza que se muestra en las imágenes centrales del presente vídeo, que el lugar de la experiencia sobrenatural de Roso pudo producirse, ¿por qué no?, en ésta curva de ballesta tan genuinamente extraordinaria, que forma el Narcea a su paso por el pueblecito de Pilotuerto -Pilotuertu en bable-, que casualmente, se encuentra situado a una distancia más o menos equidistante entre Cangas del Narcea y Soto de los Infantes. Tal del color verde esmeralda de sus aguas, eran los ojos de la xana que le encandiló y tal como los rayos del sol que procuran una corona áurea a las ramas de los árboles que se reflejan en este maravilloso espejo, los cabellos. También me pregunta, para terminar y puestos a especular, si ese sobrenombre latino con el que muchas veces nos referimos al Sol -Lorenzo-, no será en honor de aquél abnegado mártir que, según la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, puso a buen recaudo el Santo Grial, cuando los vándalos de Alarico tomaron y saquearon Roma. Recordemos, que como el Sol, el Santo Grial puede dar, pero también puede quitar la vida. Sea como sea, el lugar merece una parada prolongada, siquiera sea para permitir al espíritu solazarse con su belleza. Pero eso sí: si ven alguna rubia haciendo auto-stop, no olviden los famosos versos de Campomanes:

¡Ay del que va en el mundo a alguna parte
y se encuentra a una rubia en el camino!


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jueves, 18 de junio de 2015

El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia


Ningún ejemplo resulta más notable para resumir, en todo el esplendor de su perfección y belleza, esa concepción de estrecha unión entre arquitectura y naturaleza, entre lo que es arriba y lo que es abajo, que la presente fantasía evolutiva, que es el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Un templo que, alejado de los cánones preconcebidos, impresiona, tanto exterior como interiormente, activando los profundos mecanismos de la perfecta arca de resonancia que es, comparativamente hablando, concebida con unos efectos –numerosos, geniales y milimétricamente distribuidos-, que inciden sobre las percepciones psíquicas del individuo, facilitando la íntima y a la vez incognoscible comunicación con la Divinidad. De hecho, si la planta de algunas de las grandes catedrales góticas, representaban sobre el plano y de manera simbólica el cuerpo de Cristo en la cruz, entrar en el interior de la Sagrada Familia, mirar hacia las subliminales alturas y observar los diseños y concepción de sus bóvedas, claves, arbotantes y pilastras, simulando el esqueleto humano, invita a la reflexión, a pensar en ese pasaje neo-testamentario de esperanza y resurrección, en el que quizás se inspiró Gaudí para, aun llevando a su máxima expresión ese estilo incompleto, como gustaba considerar al gótico, presentar la visión de ese Dios resucitado y capaz, de pie e inconmensurable, de acoger a su rebaño con los brazos abiertos. Un cuerpo y unos brazos, que muestran los fluidos solares desparramándose a través de unas venas, las vidrieras cuya luz se distribuye por todos los rincones semejando a ese Pelícano místico que se desgarra su propio pecho para dar de comer a sus hijos, constituyendo, de paso, el más grande exponente de Lugar del Espíritu creado por el hombre y destinado a ser, desde luego, un Lugar del Espíritu Universal.

Pero claro, esto es tan sólo una manera de expresar y sentir el Lugar Sagrado.

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viernes, 5 de junio de 2015

Brihuega: Santuario de la Virgen de la Peña


Siempre resulta una experiencia realmente emocionante, tener la oportunidad de acceder a un antiguo lugar de culto, independientemente de la provincia donde éste se sitúe, sin importar, después de todo, que los efectos del tiempo y sobre todo, aquellos quizás más importantes provocados por la mano del hombre, resten una buena parte de la excelencia sacra que éste tuvo en su momento. Uno de los más interesantes, y a la vez, del que todavía podemos sacar relevantes conclusiones, no es otro que este Santuario de la Virgen Peña. Localizado en la histórica ciudad alcarreña de Brihuega, nos revela no sólo lo que debió de ser, en tiempos, un verdadero centro espiritual de culto a la figura primordial de esa Gran Diosa Madre que, llámese como se quiera –Isis, Ashera, Astarté, Tanith, etc- bajo su manto –sea o no éste el original con forma inequívoca de triángulo, señalando ese carácter tripartito que tenían muchos de los santuarios más primitivos- se acogieron y nutrieron prácticamente todas las culturas de la más remota Antigüedad, sino que además, en su propia historia, o mejor dicho, en esa corriente popular que generalmente suele llevar siempre consigo algo de inmaculada agua histórica –como suelen decir algunos autores, entre ellos el estimado Maese Alkaest-, viniendo, quizás, a indicarnos, así mismo, olvidadas y ancestrales rutas de peregrinación de las que cada vez van quedando menos huellas en ésta, nuestra mágica Hesperia. No parece ser casual ésta advocación –de la Peña-, al que además hay que añadir el detalle del color específico de las imágenes –negras- que parece señalarnos unos lugares muy determinados, cuyo denominador común –aparte del dato consignado de su remoto culto-, parece ser la presencia de una orden que, si hemos de tener en cuenta sus supuestos estatutos secretos, tenían a la figura de Nuestra Señora como el principio y final de su religión, porque ya existía antes que las montañas –aquéllas a las que se refería el propio San Bernardo, como parte de los mejores lugares de aprendizaje- y la tierra: la Orden de los caballeros templarios. Y los lugares que merece la pena reseñar y que conformarían una auténtica ruta de Vírgenes Negras atravesando diferentes provincias de la Vieja y la Nueva Castilla, no son otros que Calatayud, Ágreda, Brihuega y Sepúlveda. Aquí, además, se da la circunstancia de que en la propia tradición que envuelve esta asombrosa figura, se cita a personajes, como la princesa mora Zulema, hermana de otra doncella mora cristianizada, en cuyo honor se levantó también en un lugar de antiguos cultos precristianos en la Bureba, un magnífico santuario: SantaCasilda. De la cristianización de este lugar, así como de la posterior tradición eremítica que se instaló en él, llaman la atención los escalones labrados en la roca, así como la presencia de dos arcos románicos, que a su vez recuerdan otro lugar, no excesivamente lejano, donde también se cristianizó un lugar precristiano, levantándose una ermita en honor a Santa Elena junto a la cueva sagrada, en cuya entrada puede apreciarse otro singular arco románico: la ermita y cueva de la Santa Cruz, en Conquezuela, en la vecina provincia de Soria. Si bien la reproducción que podemos ver en este santuario es una copia, sin duda, responde fielmente al original, que se conserva en la cabecera de la iglesia que lleva su nombre, levantada sobre el mismo farallón, al lado del antiguo castillo moro, hoy día, cementerio municipal.

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martes, 19 de mayo de 2015

Eremitorios de Cívica


Hablaba Fernando Sánchez Dragó, en la página 14 de su Discurso Numantino (1), acerca de la España de hoy. Decía, y afronto el riesgo de citarlo textualmente,  con dos cojones –como Espartero o como Don Camilo, el del viaje a la Alcarria-, que la España de hoy, que ni es España ni es nada, da entonces su primer vagido, pero la otra España –la de Tiermes, la de las Tres Culturas, la del Cid, la de Cervantes, la de la trashumancia y la tauromaquia- aún patalea y se resiste a morir. Añadía más adelante, allá por la página 25, de la que sí que quiero acordarme porque al contrario que Cervantes, en mi caso, baturro o no pero con esa nobleza que siempre obliga, que Dios ahoga, pero no aprieta, dejando flotar en el aire, como un gemido lastimero, una nota de nostalgia, un pétalo desprendido de su tallo o tal vez un deseo irrealizable frente a la lámpara maravillosa aunque huérfana del Genio de Aladino, la posibilidad de que quizá quede aún España Mágica. Créase o no, estos pensamientos me asaltaban el pasado sábado, cuando me propuse derribar –Hércules cristobalino, aunque impotente, después de todo- las columnas salomónicas de la monótona dictadura a la que el dolce far niente de un puente insípido y otras consideraciones morales amenazaban con someterme al vegetativo ostracismo teresiano del vivir aunque no viva y mal herido de envidia –que el pecado de la virtud, ya lo decía don Antonio Machado, hizo a Caín criminal-, me dispuse a despertar, en un arranque de legítimo orgullo a ese osado Caminante que siempre me sigue a todas partes y cuya compañía continuamente requiero, sobre todo cuando las campanas lejanas de Gárgoris y Habidis tocan a rebato: silencio en el Álamo; madrugada de gallos gnósticos, carretera, bostezos y manta. El sol, un círculo magenta en el horizonte, que amenaza despertar con la furia de un gigante dormido. A medio camino entre Cifuentes y Brihuega; entre la Dama Negra de la Peña, la Psicomaquia poitevina de la portada de Santiago y el cimborrio octogonal del convento de San Blas, un atisbo de esa herencia termestina, cuando no más lejana aún y altamirana, igualmente subterránea y eremítica, que aun negándose a desaparecer, tiembla con la amenaza de ese mismo enemigo, cruel e insaciable, que sepultó en los lodos del olvido y el cemento a la inmemorial Tartesos con las armas principales de la herencia mudéjar peninsular: el ladrillo.

El mundo troglodítico de Cívica lleva toda la vida descubierto, aunque, hablar por hablar y añadiendo fuego a la cuestión de los currículos, en el mío figura -si la libretilla que también viaja siempre conmigo, la misma que algunos de mis buenos amigos quieren algún día heredar, no me engaña- como descubierta en mayo de 2011. Es decir, en el mismo mes, tal vez en la misma fecha, puede que a la misma hora, pero desde luego, a juzgar por las fotos que todavía conservo de aquélla primera y memorable experiencia, en un día totalmente diferente: la campana del Álamo apenas se dejaba seducir por un ligero viento de levante, tal vez de poniente pero en modo alguno cierzo amenazador; el gnosticismo de los gallos de la madrugada brillaba por su ausencia y el sol se dedicaba a galantear como un colegial donjuán a un cielo petado de nubes. Cívica, por aquél mayo de entonces, era una auténtica Sheilla N'agiz -pido humildemente perdón por la patada que acabo de meterle en la espinilla al  gaélico irlandés y acepto la tarjeta roja con expulsión incluida- fea y hermosa a un tiempo, de matriz abierta a la vida en su lecho de silencio, cortesana que se dejaba acariciar y con un poco de suerte, poseer. La Cívica que vi hace unos días, parecía la misma, pero desde luego, ya no lo era: teóricamente insolente, coqueta como ninfa acicalándose el cabello con su peine de oro en la prístina cascada, las piernas apretadas, oculto el sexo y un nuevo carnet de identidad: Inmobiliaria Alcalá.

En conclusión y decepción de decepciones: ¿queda España Mágica?. Quedar, lo que se dice quedar, amigo Sancho, pues siendo optimistas, se podría decir que algo queda, incluidas tus añoradas ínsulas, al menos mientras el ladrillo vuelva a levantar la cabeza. Ahora bien, la cuestión es: lo que queda, ¿cuánto aguantará?.


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(1) Fernando Sánchez Dragó: 'Discurso numantino. Segunda y última salida de los ingeniosos hidalgos Gárgoris y Habidis', Editorial Planeta, S.A., primera edición: mayo de 1995.

martes, 24 de febrero de 2015

Catedrales: Lugares del Espíritu


Todas ellas guardan el arcano misterio de su origen, de esa argótica y revolucionaria constitución, que dejó obsoletos los templos de estilos anteriores, como el románico. Al contrario que éstos, las catedrales góticas rechazan las vetustas sombras y elevan sus pilares hacia la Luz. Son los Candiles Medievales, los antiguos bosques sagrados vencidos por la magia de la piedra, cuya majestuosidad y en cuyo conocimiento, el espíritu se rinde sin remisión. Propongo, pues, un breve viaje por algunas de ellas, alternativa no natural, pero que en el fondo, no dejan de ser verdaderos y luminosos Lugares del Espíritu: las Catedrales.

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martes, 10 de febrero de 2015

El Park Güell


No sólo se trata de uno de los lugares más alucinantes y mediáticos del monumental conjunto histórico-artístico de una extraordinaria ciudad, como es Barcelona, sino también, de un lugar del Espíritu de primer orden. Se extraordinaria disposición, su incipiente telurismo, y el detalle de que nada está dejado al azar, sino que, por el contrario, en su diseño se tuvo en cuenta una de las uniones más perfectas con el entorno natural sobre el que se asienta, hacen de ésta inconmensurable obra del genial arquitecto catalán Antoni Gaudí i Cornet, uno de los lugares más atractivos y espirituales no sólo de Cataluña y la Península Ibérica en particular, sino del mundo en general.

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