jueves, 18 de junio de 2015

El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia


Ningún ejemplo resulta más notable para resumir, en todo el esplendor de su perfección y belleza, esa concepción de estrecha unión entre arquitectura y naturaleza, entre lo que es arriba y lo que es abajo, que la presente fantasía evolutiva, que es el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Un templo que, alejado de los cánones preconcebidos, impresiona, tanto exterior como interiormente, activando los profundos mecanismos de la perfecta arca de resonancia que es, comparativamente hablando, concebida con unos efectos –numerosos, geniales y milimétricamente distribuidos-, que inciden sobre las percepciones psíquicas del individuo, facilitando la íntima y a la vez incognoscible comunicación con la Divinidad. De hecho, si la planta de algunas de las grandes catedrales góticas, representaban sobre el plano y de manera simbólica el cuerpo de Cristo en la cruz, entrar en el interior de la Sagrada Familia, mirar hacia las subliminales alturas y observar los diseños y concepción de sus bóvedas, claves, arbotantes y pilastras, simulando el esqueleto humano, invita a la reflexión, a pensar en ese pasaje neo-testamentario de esperanza y resurrección, en el que quizás se inspiró Gaudí para, aun llevando a su máxima expresión ese estilo incompleto, como gustaba considerar al gótico, presentar la visión de ese Dios resucitado y capaz, de pie e inconmensurable, de acoger a su rebaño con los brazos abiertos. Un cuerpo y unos brazos, que muestran los fluidos solares desparramándose a través de unas venas, las vidrieras cuya luz se distribuye por todos los rincones semejando a ese Pelícano místico que se desgarra su propio pecho para dar de comer a sus hijos, constituyendo, de paso, el más grande exponente de Lugar del Espíritu creado por el hombre y destinado a ser, desde luego, un Lugar del Espíritu Universal.

Pero claro, esto es tan sólo una manera de expresar y sentir el Lugar Sagrado.

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