viernes, 18 de septiembre de 2015

La catedral de León al atardecer


Dejando a un lado los Lugares del Espíritu por excelencia, que no son otros que los inapreciables retoños que brotan de la cálida matriz de Donna Gaia, si tuviera que pensar en aquellos otros ideados por la mano del hombre -al fin y al cabo, pauperi y limitado imitador del Arte Supremo-, no podría, por menos, que decidirme por las catedrales. Con ellas, ocurre lo mismo que con las personas: son un mundo. Un mundo, por añadidura, que merece la pena descubrir y amar. Pero descubrir, significa también admirar, buscar la belleza interna y externa de las cosas, y dejarse llevar por la gracia de las sensaciones generadas en un instante. A mí me pareció, y por eso lo comparto, que esa gracia se mostró un atardecer de verano -lejos quedaba la magia de la noche de San Juan, pero no la alegría del solsticio-, cuando el sol se dirigía hacia su cuna en Finisterre y la explosión de gloria de sus últimos bostezos, cual dedo de Midas, se desparramaba con filigranas de oro por la fachada de una sacerdotisa -metafóricamente hablando-, que se preparaba a recibir a su Señora, la Luna. Decía Heráclito de Éfeso, que el carácter del hombre es su destino; pero se guardó mucho de añadir, que en el fondo, tanto el destino como el carácter como el hombre, siempre sucumben frente a la Belleza.

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