lunes, 2 de noviembre de 2015

El Parque del Capricho y los Arquetipos del Camino


Hablar de un lugar tan especial como éste, conlleva, cuando menos, remontarse a un tiempo y unos antecedentes en los que la magia, el esoterismo y el ocultismo constituían algo más que una tendencia pasajera entre las gentes pudientes de una sociedad europea, privilegiada y mercantilista, que se aislaba voluntariamente de esa revolución industrial que estaba transformando a los pueblos, en la piel de cuyos habitantes comenzaba a apreciarse el color gris ceniciento del polvillo que se desprendía del humo de las chimeneas de las fábricas o el rímel indeleble del hollín del carbón que se extraía de las entrañas de las minas. Un tiempo, en el que pasado el vendaval napoleónico y apenas recién estrenada la era moderna, arquitectos románticos y visionarios, como Viollet le Duc –aquél sabio intuitivo, que proclamaba con solvencia que los pintores modernos debían estudiar el arte medieval como una lengua, no sólo en las palabras sino también en su gramática y en su espíritu-,  y escritores románticos como Víctor Hugo, rescataban de la ruina parte de la brillante y milenaria magia de la catedral de Notre Dame de París, y en Madrid, entre la estación y la basílica, las ruedas de los carros todavía pasaban por encima de algún atochar, planta de tipo espinoso parecida al esparto, que había dado su nombre, así mismo, a una de las Vírgenes Negras más carismáticas de la ciudad: la Virgen de Atocha. Tiempos en los que, a pesar del analfabetismo popular generalizado –herencia, sin duda, de una Edad Media, cuyos estamentos se prolongaron más allá del tiempo-, el rito, el mito y la tradición –en definitiva, ese conjunto primigenio de arquetipos que Jung definió como el inconsciente colectivo-, subsistían en alegre convivencia –cual shakespirianas comadres de Windsor-, haciendo de lejanas charcas los lodos presentes en la época. Tiempos en los que, aparte del despertar de los movimientos obreros, de los sentimientos nacionalistas o del fragor sangriento de las primeras bombas anarquistas, el pasado, toda vez que el reinado de terror de la Inquisición comenzaba a vislumbrar su ocaso en los confines del horizonte, volvía a abrir la Caja de Pandora, latente en las oscuridades del útero de Proserpina, liberando embriones de heterodoxia, de cuyo líquido amniótico se nutrían sectas y agrupaciones que volvían a mostrar de cara al sol, entre otros, las columnas y los compases masónicos en sus mandiles o las cruces patadas en las hombreras inmaculadas de sus blancas capas.

Hecho milimétricamente a capricho –de ahí su nombre, que define al propio jardín, así como a todos sus elementos- por la propia duquesa de Osuna, Doña María Josefa Alonso Pimentel, es mucho más que otro simple conjunto histórico-artístico, como así lo declaró en 1934 –resulta evidente, que con todo merecimiento-, el Patronato para la Conservación y Protección de los Jardines de España, organismo dependiente de la Dirección General de Bellas Artes. Es un jardín, sí; es histórico, por supuesto; y es artístico, naturalmente. Pero a la vez, según uno se pierde por sus pintorescos rincones, se tiene la impresión, cuando menos, de que en realidad, lo que la duquesa dirigió personalmente con tantos detalles arquetípicos implícitos, fue algo más que un elegante y lujoso espacio de ocio en el que pasar largas temporadas y con el que cumplimentar el tedio y el aburrimiento de sus amistades más allegadas, independientemente de que entre éstas se contaran artistas e intelectuales de la época, algunos de los cuales había intervenido en su ejecución: un jardín especialmente diseñado como lugar iniciático. Pudiera darse el caso, perfectamente, de que bajo la apariencia de esas lujosas fiestas en las que no falta de nada y a las que el refranero popular suele referirse como tirar la casa por la ventana, los invitados, con o sin conocimiento, se vieran envueltos en todo un viaje lúdico pero a la vez iniciático, que en pequeña escala, desde luego, reprodujera el sentido de los grandes viajes espirituales. Un viaje, por añadidura, convenientemente indicado por los diferentes arquetipos marcados en su itinerario –a la manera, por ejemplo, del famoso Juego de la Oca-, sin importar por dónde los participantes comiencen el recorrido. De tal modo, que hay caminos solitarios, umbríos y en algún momento tenebrosos, que recuerdan a esa selva oscura, áspera y fuerte con la que comenzaba Dante los primeros versos de su Divina Comedia. Hay también algún claro, entre la frondosidad de un heterogéneo arbolado, donde una casita, denominada de la Vieja, nos recuerda aquella otra trampa mortal en la que residía la bruja malvada –otro de los aspectos encubiertos de la Triple Diosa- del famoso cuento de los Hermanos Grimm, titulado Hansel y Gretel, que podría representar, comparativamente hablando, esa cárcel de la que es difícil salir y en la que en el mencionado Juego de la Oca resultaría necesario que otro jugador recalara en ella y ocupara nuestro lugar. Parte de las espinas del Camino: lo imprevisto, las inconveniencias, el exceso de confianza. Siguiendo ese mismo sendero, a una centena de metros más adelante, otro claro nos descubre un curioso edificio cuya planta, de forma poligonal, nos recuerda ese tipo tan peculiar de arquitectura oriental, traída, entre otros, por los cruzados de Tierra Santa. Se trata del Casino o Salón de Baile –otro de los arquetipos que ha acompañado siempre la mayoría de rituales de la humanidad-, y en cada una de sus caras, una alegoría greco-latina nos remite a las antiguas ceremonias paganas. Curiosamente, para acceder a él, los invitados lo hacían en pequeñas falúas –recordemos a Caronte, el barquero del inframundo-, que partían de la denominada Casa de Cañas situada en el embarcadero del lago, accediendo al Casino por un pequeño canal, al final del cual, y situado en un pequeño túnel, les aguardaba otra figura arquetípica: el Guardián del Umbral. Llama la atención el aspecto de éste: un fiero jabalí recostado sobre sus cuartos traseros. Recordemos la importancia que su figura tuvo, sobre todo, en el arte románico, siendo, junto con el ciervo, los elementos principales del simbolismo cinegético medieval. Pero además, si echamos un vistazo a los grandes clásicos de la literatura medieval, observaremos, en la fascinante historia del hada Melusina, que uno de los más grandes linajes medievales, el de los Lusignan, comenzó, precisamente, con un desgraciado accidente cuando se intentaba dar caza a un jabalí.

El lago, si bien no muy grande, sí resulta, no obstante, embriagador. De forma circular, tiene un pequeño islote en su centro –el círculo y un punto en el centro, como se representaba la perfección y por defecto a Dios, también en la Edad Media-, en el que por encima de una pequeña cascada, un bloque rectangular de granito nos recuerda la figura del duque de Osuna. En la Casa de Cañas, situada, como se ha dicho, junto al embarcadero –en la parte interior de éste, un cuadro nos muestra un bucólico paisaje en el que destaca un templo pagano-, encontramos otro símbolo primordial: ese Yin-Yang hebraico conocido como Estrella o Sello de Salomón, que nos remite a la antigua sabiduría cabalística. Las hermosas palmípedas que evolucionan en las aguas del lago, si bien no son ocas, sí son familia de éstas: cisnes, patos y ánades, animales con características ctónicas, que ya figuraban en la decoración de los antiguos ninfeos, como lo demuestra el de Santa Eulalia de Bóveda. Junto al lago y el embarcadero, se localiza un fortín con forma de estrella. Y no muy lejos de éstos, casi oculta por la vegetación y los árboles, una pequeña ermita constituye todo un gran enigma. Realizada en parte con una técnica que ya utilizaban los grandes genios del Renacimiento, como Miguel Ángel y Leonardo, la del trampantojo –uno de los sitios más conocidos y espectaculares donde Miguel Ángel la puso en práctica, fue precisamente la Capilla Sixtina-, llama la atención la puerta de entrada, que reproduce otro gran símbolo arquetípico: el pie de druida o pentágono o estrella de cinco puntas. Así mismo, entre los símbolos que se aprecian en el suelo, junto a la puerta, destaca uno en particular: la cruz patada. Pero el gran enigma de este pequeño conjunto, reside en el jardincillo anexo al porticado lateral sur: una pequeña pirámide de granito que, al parecer, constituye no sólo otro símbolo arquetípico de perfección, sino además, la tumba de un misterioso y anónimo ermitaño, figura clave en otro conjunto monumental de arquetipos: las láminas o cartas del Tarot. Siguiendo el sendero y cercano a ésta, hay un pequeño estanque, con forma de riñón, donde se aprecia como referencia un torso clásico, en la base de cuyo soporte o columna, aparece otro arquetipo esencial, apenas perceptible: la rosa. De regreso a la explanada principal, aquella que desemboca en el palacio o mansión, un pequeño templete de forma semiesférica, en cuya parte central sobresale un busto de la duquesa, la magia de los números, unida a los arquetipos mitológicos, nos sorprende: ocho son las esfinges que lo custodian. A pesar de haber varios más pequeños y de diversa forma repartidos por los diferentes rincones de las 14 hectáreas que conforman este monumental jardín, el Laberinto principal, enorme y grandioso en su diseño –émulo de aquéllos otros, como el de la catedral de Chartres-, representa, con su inquietante presencia, no sólo uno de los arquetipos más antiguos que han acompañado a ese inconsciente colectivo desde el alba de los tiempos, sino también, uno de los elementos que más expectación genera entre los visitantes, y de hecho, como muy bien afirmaba Mircea Eliade, representa también al Ulises que todos llevamos dentro y a esa Ítaca -centro, ombligo o cordón umbilical-, a la que todos anhelamos regresar.

Hay otros mundos, pero están en éste, decía Paul Elouard. Hay otros muchos misterios en ésta invitación al Viaje, que es en el fondo este Parque o Jardín del Capricho. Pero la cuestión es: ¿te atreves a descubrirlos?.

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2 comentarios:

  1. Hola!
    Desde que te conozco me has hablado en numerosas ocasiones de este parque, de su belleza y simbolismo y cuando leo las palabras que le dedicas me doy cuenta de la fascinación que sientes por este pedacito de Madrid.
    Hablas de simetría, de las cartas del tarot y de los detalles que lo adornan, pero así, simplemente a la vista, su mayor don es la naturaleza, es un vergel Juan Carlos.
    Un beso.

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  2. Es verdad, no puedo negar que es uno de mis rincones favoritos de Madrid. Me siento a gusto paseando por allí y descubriendo, detalle a detalle, la magia arquetípica que la duquesa, con o sin conocimiento, desplegó en este encantado lugar. Y por supuesto, como bien dices, es todo un vergel, donde puedes encontrar una gran variedad de árboles y plantas, algunos de ellos de varios cientos de años de antigüedad. Deberías visitarlo, sobre todo ahora, en otoño, cuando la magia natural deja un recuerdo imborrable. Sólo lo abren los fines de semana y los días festivos. El Ayuntamiento tenía previsto abrir el búnker (fue cuartel general republicano), pero de momento no hay presupuesto. Un abrazo, bruja

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