lunes, 21 de marzo de 2016

Monasterios legendarios: San Lorenzo de Carboeiro


Parcialmente rehabilitado en la actualidad, tras largos años de rapiña y abandono, aún en su ruina continúa siendo uno de los lugares del espíritu más impresionantes del Concejo de Silleda, en la provincia de Pontevedra. Este venerable cenobio, poco menos que único en su género y enclavado en un entorno especialmente privilegiado, a orillas del río Deza, todavía conserva múltiples secretos, ecos legendarios de un pasado glorioso que, por su advocación, lo relacionan con la soberana leyenda del Santo Grial y posiblemente, también, formara parte de esa gloriosa literatura simbólica especialmente dedicada a la infatigable búsqueda de la trascendencia espiritual.

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jueves, 17 de marzo de 2016

El castillo de Cornatel, las Médulas y el lago de Carucedo


El Bierzo, sus leyendas y sus misterios. El Teleno, los montes aquilanos, la Tebaida Berciana, Compludo, Ponferrada, el Camino de Santiago, celtas, peregrinos y templarios. Sin duda, cualquiera que sea el rumbo que se tome, el viajero, sea cual sea su condición, no dejará de sentir el magnetismo tan peculiar de ésta imprescindible porción de la España Mágica; ésa misma España Mágica que, según algunos autores, agoniza pero que se niega obstinadamente a desaparecer. No obstante, me permito hacer una pequeña recomendación y aunar en la presente entrada, tres lugares que, formando un triángulo imaginario y muy próximos entre sí, no dejarán en modo alguno indiferente la avidez de sensaciones del espectador: el castillo templario de Cornatel, en cuyas almenas todavía ondea el Bauceant o estandarte blanqui-negro del Temple, custodiando el camino hacia el segundo vértice del triángulo, las Médulas, esa ruina montium que, aún restañando una herida abierta en el corazón de la tierra, siglos después continúa siendo todo un poema a la belleza y por supuesto, la magia inefable de ese espejo por el que la xana Caricea observa las estrellas, que no es otro que el hermoso lago de Carucedo. En definitiva, tres Lugares del Espíritu que tienen la ventaja de estar situados muy próximos entre sí.

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miércoles, 11 de noviembre de 2015

El Consejo Nocturno de Platón


No sólo debemos a Platón excelencias filosóficas tan amenas, profundas y atrayentes como su inigualable Mito de la Caverna; o cautivadoras historias que han encendido -y lo continúan haciendo- interminables debates científicos a lo largo de la Historia, como es el tema de la mitológica Atlántida, sino que también le debemos -al menos como fuente de sabiduría y alivio a la que acudir cuando el espíritu necesita un paño de Verónica con el que secarse las gotas de sangre que emanan de su particular corona de espinas-, la aproximación a la idea de un gobierno ideal establecido por legisladores y sacerdotes -los idóneos para él, eran los de Apolo-, a los que, bajo la denominación de Consejo Nocturno, recomendaba reunirse a deliberar y tomar decisiones para el bien común, en ese momento tan específico, especial y peculiar que media entre las primeras luces y la salida del sol, cuando las personas todavía permanecen bajo la influencia de las visiones oníricas del ambiguo Hypnos y los portentosos sementales tiran con brío del Carro, para sacar al Sol, una vez más, de su exilio diario en el Inframundo.

Posiblemente, la decisión de Cristo de entrar en Jerusalén como Mesías a lomo de una burra, se gestara en un momento como éste; y en un momento similar, allá, en el fatídico Huerto de los Olivos, el ángel le ofreciera, también, el Cáliz Amargo y la Cruz del martirio. Es el mejor momento, o el momento más especial de los viajes de éste humilde Caminante: un momento por y para el Espíritu. También, todas estas imágenes se han tomado, jornada tras jornada, desde un lugar muy especial: un Hospital.

Quién sabe, quizás sirvan para algo y alguien con las posibilidades y el poder suficiente tome ejemplo y piense en los demás desde una perspectiva diferente.

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miércoles, 4 de noviembre de 2015

En el Valle del Silencio: Compludo y su herrería


El Silencio es como una partitura en blanco que hay que ir escribiendo, concienzudamente, con la música del Espíritu. Nada resulta más certero para el afortunado caminante que, sin importar el medio elegido para su desplazamiento, afronta con expectación ésta difícil y dura décima etapa descrita por Aymerich Picaud en su Codex Calistinus. Etapa que, a grosso modo, y sin meterse en esas profundidades donde habita una de las más auténticas y originales Anima Bergidum, como es Compludo, se describe como el trayecto que va de Rabanal del Camino –pueblo fundado, según la tradición, por los templarios custodios del camino- a Villafranca del Bierzo, en la desembocadura del río Valcarce, pasado el puerto del monte Irago, pero vigilado en la distancia por otro monte imponente, donde todavía habita el espíritu de antiguas divinidades: el Teleno. El desvío hacia Compludo se alcanza en las proximidades de esos 1145 metros de altitud sobre los que asienta sus reales orígenes hospitalarios el pueblecito de El Acebo, una vez dejados atrás sus limitadas lindes urbanas, así como la mítica fuente del Druida, conocida por todos los peregrinos que se dirigen hacia Ponferrada –aun con su cartel actual de agua no potable-, y que allí, quizá porque el propio Camino invita a echar mano constantemente del Simbolismo, llaman de la Trucha. O de la Truite, on parle français, que era otra forma de referirse a una casta muy especial de sabios a la que ya nos hemos referido: los druidas.

La travesía, broken Golden silence, roto ese Silencio que es Oro por el ladrido ocasional de algún perrillo entregado al papel de vigilante –el mismo, que antiguamente hacían las ocas-, continúa en tono decreciente, configurando complicados innuendos a medida que el camino se convierte, por su agreste constitución y comparativamente hablando, en ese non plus ultra que tanto temían los supersticiosos marinos medievales, porque pensaban que más allá de las lindes conocidas, sólo había terribles monstruos, un vacío insuperable, y desde luego, una muerte cierta. De igual manera, para el viajero que se adentra por primera vez en las complejidades de un lugar como Compludo y su entorno, la sensación no es diferente. Puede que se acentúe más, aún, con ese silencio atípico; un silencio, apenas quebrado por el susurro de las aguas de los arroyos Miera y Miruelos, en su melancólico discurrir, hasta fundirse como almas gemelas, aproximadamente medio kilómetro más adelante, en el lugar donde se ubica esa impresionante reliquia medieval, que es la herrería. Y no obstante, para llegar a ella, se hace necesario adentrarse a pecho descubierto en esa parte original, mitológica y autóctona, que es el milenario bosque que la circunda. Apenas el discurrir del arroyo es un susurro encantado, una nana dulce, cantada, quizás por una xana hermana de aquélla otra que custodia el lago de Carracedo, que acuna y adormece a unos árboles viejísimos, cuyas raíces se aferran a una tierra milenaria, con sabor propio y ecos de antiquísimos misereres y Te Deum laudamus. Una tierra, en la que no hay carteles a la vista; pero enseguida se sabe que este bosque es puro Bierzo. Un bosque encantado, donde es difícil no tener sensaciones de ambigua complejidad. Uno ve a los árboles, y a la vez, siente que ellos también le ven a él; que te observan, impertérritos pero con interés, desde la inmóvil beatitud de unos troncos que se retuercen con los achaques pero también con la sabiduría de la vejez; unos troncos cubiertos de una curiosa barba de color verde o marfileña en algunos casos, ajena a la contaminación, que les confiere el aspecto inocente –comparativamente hablando-, y a la vez monstruoso y salvaje que los canteros medievales representaban con harta frecuencia en los capiteles de las iglesias, seguramente en un intento deliberado de mostrar en el alma de la piedra las proyecciones de su propio yo. Hay una ausencia de aves, no obstante, que no deja de ser, después de todo, desconcertante.

Antes de llegar a la herrería, es difícil no percatarse de ello y preguntarse si el legendario calentón de San Genadio –extrañísimo hubiera sido, que un lugar tan peculiar como éste no hubiera contado con su Ginés o su Jina-, continúa siendo una especie de barrera infranqueable que no se les permite traspasar, salvo, quizás, en su faceta ctónica. El Silencio es Oro, desde luego, pero a la vez, se echan de menos sus trinos armónicos, que al fin y al cabo –y que me perdone el santo jina-, contribuyen a la fecundidad y vitalidad de un bosque. La herrería es un edificio extraño, macizo e imponente, que derrocha esa gallarda fuerza eterna que le confiere la piedra, y resulta extraño no preguntarse qué tipo de iniciaciones no se llevaron a cabo allí en tiempos; si el herrero, como manda la buena tradición iniciática, era cojo o tuerto, y si, aparte de su papel de maestro, no forjaría también versos, como nos cuenta Snorri Sturrluson acerca de otro famoso Herrero Divino: el propio Odín. Se ve que la noche ha sido gélida, y su aliento, astral como el abrazo preternatural de la muerte, no sólo se advierte en la capa de escarcha que tapona cual masilla los poros de la tierra, sino también en los impresionantes carámbanos que, cual afiladas Tizonas, se balancean de unos arcos de medio punto, a través de los cuales se advierten los engranajes de su vulcaniana fragua medieval. Hay también una pequeña cascada, la blancura lechosa de cuyas aguas semejan litros de leche vaciándose de un cántaro volcado. Y es que, no en vano, Compludo forma parte de ese Camino de Santiago, sí pero a la vez, del Camino de la Vía Láctea.

De vuelta al camino, es difícil no verse acompañado por la relevante sensación de haber estado en un lugar único. Quizás por eso, ese humo feliz que se escapa de las chimeneas de unos hogares que comienzan a despertar del letargo voluntario de la noche, o esos primeros rayos del sol iluminando los piramidones más altos de los montes que circundan a éste recóndito Brigadoon, o esa placa que recuerda a San Fructuoso –cuyo afán de soledad le salió rana- y el lugar donde decidió fundar su monasterio a instancias del rey Chindasvinto y su esposa dejen, en el fondo, de tener un interés sustancial. En lo más profundo del Valle del Silencio, aún late con fuerza un corazón tan viejo como el mundo. Un corazón sagrado llamado Tierra. En definitiva: Gaia vincit, Gaia imperat.

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lunes, 2 de noviembre de 2015

El Parque del Capricho y los Arquetipos del Camino


Hablar de un lugar tan especial como éste, conlleva, cuando menos, remontarse a un tiempo y unos antecedentes en los que la magia, el esoterismo y el ocultismo constituían algo más que una tendencia pasajera entre las gentes pudientes de una sociedad europea, privilegiada y mercantilista, que se aislaba voluntariamente de esa revolución industrial que estaba transformando a los pueblos, en la piel de cuyos habitantes comenzaba a apreciarse el color gris ceniciento del polvillo que se desprendía del humo de las chimeneas de las fábricas o el rímel indeleble del hollín del carbón que se extraía de las entrañas de las minas. Un tiempo, en el que pasado el vendaval napoleónico y apenas recién estrenada la era moderna, arquitectos románticos y visionarios, como Viollet le Duc –aquél sabio intuitivo, que proclamaba con solvencia que los pintores modernos debían estudiar el arte medieval como una lengua, no sólo en las palabras sino también en su gramática y en su espíritu-,  y escritores románticos como Víctor Hugo, rescataban de la ruina parte de la brillante y milenaria magia de la catedral de Notre Dame de París, y en Madrid, entre la estación y la basílica, las ruedas de los carros todavía pasaban por encima de algún atochar, planta de tipo espinoso parecida al esparto, que había dado su nombre, así mismo, a una de las Vírgenes Negras más carismáticas de la ciudad: la Virgen de Atocha. Tiempos en los que, a pesar del analfabetismo popular generalizado –herencia, sin duda, de una Edad Media, cuyos estamentos se prolongaron más allá del tiempo-, el rito, el mito y la tradición –en definitiva, ese conjunto primigenio de arquetipos que Jung definió como el inconsciente colectivo-, subsistían en alegre convivencia –cual shakespirianas comadres de Windsor-, haciendo de lejanas charcas los lodos presentes en la época. Tiempos en los que, aparte del despertar de los movimientos obreros, de los sentimientos nacionalistas o del fragor sangriento de las primeras bombas anarquistas, el pasado, toda vez que el reinado de terror de la Inquisición comenzaba a vislumbrar su ocaso en los confines del horizonte, volvía a abrir la Caja de Pandora, latente en las oscuridades del útero de Proserpina, liberando embriones de heterodoxia, de cuyo líquido amniótico se nutrían sectas y agrupaciones que volvían a mostrar de cara al sol, entre otros, las columnas y los compases masónicos en sus mandiles o las cruces patadas en las hombreras inmaculadas de sus blancas capas.

Hecho milimétricamente a capricho –de ahí su nombre, que define al propio jardín, así como a todos sus elementos- por la propia duquesa de Osuna, Doña María Josefa Alonso Pimentel, es mucho más que otro simple conjunto histórico-artístico, como así lo declaró en 1934 –resulta evidente, que con todo merecimiento-, el Patronato para la Conservación y Protección de los Jardines de España, organismo dependiente de la Dirección General de Bellas Artes. Es un jardín, sí; es histórico, por supuesto; y es artístico, naturalmente. Pero a la vez, según uno se pierde por sus pintorescos rincones, se tiene la impresión, cuando menos, de que en realidad, lo que la duquesa dirigió personalmente con tantos detalles arquetípicos implícitos, fue algo más que un elegante y lujoso espacio de ocio en el que pasar largas temporadas y con el que cumplimentar el tedio y el aburrimiento de sus amistades más allegadas, independientemente de que entre éstas se contaran artistas e intelectuales de la época, algunos de los cuales había intervenido en su ejecución: un jardín especialmente diseñado como lugar iniciático. Pudiera darse el caso, perfectamente, de que bajo la apariencia de esas lujosas fiestas en las que no falta de nada y a las que el refranero popular suele referirse como tirar la casa por la ventana, los invitados, con o sin conocimiento, se vieran envueltos en todo un viaje lúdico pero a la vez iniciático, que en pequeña escala, desde luego, reprodujera el sentido de los grandes viajes espirituales. Un viaje, por añadidura, convenientemente indicado por los diferentes arquetipos marcados en su itinerario –a la manera, por ejemplo, del famoso Juego de la Oca-, sin importar por dónde los participantes comiencen el recorrido. De tal modo, que hay caminos solitarios, umbríos y en algún momento tenebrosos, que recuerdan a esa selva oscura, áspera y fuerte con la que comenzaba Dante los primeros versos de su Divina Comedia. Hay también algún claro, entre la frondosidad de un heterogéneo arbolado, donde una casita, denominada de la Vieja, nos recuerda aquella otra trampa mortal en la que residía la bruja malvada –otro de los aspectos encubiertos de la Triple Diosa- del famoso cuento de los Hermanos Grimm, titulado Hansel y Gretel, que podría representar, comparativamente hablando, esa cárcel de la que es difícil salir y en la que en el mencionado Juego de la Oca resultaría necesario que otro jugador recalara en ella y ocupara nuestro lugar. Parte de las espinas del Camino: lo imprevisto, las inconveniencias, el exceso de confianza. Siguiendo ese mismo sendero, a una centena de metros más adelante, otro claro nos descubre un curioso edificio cuya planta, de forma poligonal, nos recuerda ese tipo tan peculiar de arquitectura oriental, traída, entre otros, por los cruzados de Tierra Santa. Se trata del Casino o Salón de Baile –otro de los arquetipos que ha acompañado siempre la mayoría de rituales de la humanidad-, y en cada una de sus caras, una alegoría greco-latina nos remite a las antiguas ceremonias paganas. Curiosamente, para acceder a él, los invitados lo hacían en pequeñas falúas –recordemos a Caronte, el barquero del inframundo-, que partían de la denominada Casa de Cañas situada en el embarcadero del lago, accediendo al Casino por un pequeño canal, al final del cual, y situado en un pequeño túnel, les aguardaba otra figura arquetípica: el Guardián del Umbral. Llama la atención el aspecto de éste: un fiero jabalí recostado sobre sus cuartos traseros. Recordemos la importancia que su figura tuvo, sobre todo, en el arte románico, siendo, junto con el ciervo, los elementos principales del simbolismo cinegético medieval. Pero además, si echamos un vistazo a los grandes clásicos de la literatura medieval, observaremos, en la fascinante historia del hada Melusina, que uno de los más grandes linajes medievales, el de los Lusignan, comenzó, precisamente, con un desgraciado accidente cuando se intentaba dar caza a un jabalí.

El lago, si bien no muy grande, sí resulta, no obstante, embriagador. De forma circular, tiene un pequeño islote en su centro –el círculo y un punto en el centro, como se representaba la perfección y por defecto a Dios, también en la Edad Media-, en el que por encima de una pequeña cascada, un bloque rectangular de granito nos recuerda la figura del duque de Osuna. En la Casa de Cañas, situada, como se ha dicho, junto al embarcadero –en la parte interior de éste, un cuadro nos muestra un bucólico paisaje en el que destaca un templo pagano-, encontramos otro símbolo primordial: ese Yin-Yang hebraico conocido como Estrella o Sello de Salomón, que nos remite a la antigua sabiduría cabalística. Las hermosas palmípedas que evolucionan en las aguas del lago, si bien no son ocas, sí son familia de éstas: cisnes, patos y ánades, animales con características ctónicas, que ya figuraban en la decoración de los antiguos ninfeos, como lo demuestra el de Santa Eulalia de Bóveda. Junto al lago y el embarcadero, se localiza un fortín con forma de estrella. Y no muy lejos de éstos, casi oculta por la vegetación y los árboles, una pequeña ermita constituye todo un gran enigma. Realizada en parte con una técnica que ya utilizaban los grandes genios del Renacimiento, como Miguel Ángel y Leonardo, la del trampantojo –uno de los sitios más conocidos y espectaculares donde Miguel Ángel la puso en práctica, fue precisamente la Capilla Sixtina-, llama la atención la puerta de entrada, que reproduce otro gran símbolo arquetípico: el pie de druida o pentágono o estrella de cinco puntas. Así mismo, entre los símbolos que se aprecian en el suelo, junto a la puerta, destaca uno en particular: la cruz patada. Pero el gran enigma de este pequeño conjunto, reside en el jardincillo anexo al porticado lateral sur: una pequeña pirámide de granito que, al parecer, constituye no sólo otro símbolo arquetípico de perfección, sino además, la tumba de un misterioso y anónimo ermitaño, figura clave en otro conjunto monumental de arquetipos: las láminas o cartas del Tarot. Siguiendo el sendero y cercano a ésta, hay un pequeño estanque, con forma de riñón, donde se aprecia como referencia un torso clásico, en la base de cuyo soporte o columna, aparece otro arquetipo esencial, apenas perceptible: la rosa. De regreso a la explanada principal, aquella que desemboca en el palacio o mansión, un pequeño templete de forma semiesférica, en cuya parte central sobresale un busto de la duquesa, la magia de los números, unida a los arquetipos mitológicos, nos sorprende: ocho son las esfinges que lo custodian. A pesar de haber varios más pequeños y de diversa forma repartidos por los diferentes rincones de las 14 hectáreas que conforman este monumental jardín, el Laberinto principal, enorme y grandioso en su diseño –émulo de aquéllos otros, como el de la catedral de Chartres-, representa, con su inquietante presencia, no sólo uno de los arquetipos más antiguos que han acompañado a ese inconsciente colectivo desde el alba de los tiempos, sino también, uno de los elementos que más expectación genera entre los visitantes, y de hecho, como muy bien afirmaba Mircea Eliade, representa también al Ulises que todos llevamos dentro y a esa Ítaca -centro, ombligo o cordón umbilical-, a la que todos anhelamos regresar.

Hay otros mundos, pero están en éste, decía Paul Elouard. Hay otros muchos misterios en ésta invitación al Viaje, que es en el fondo este Parque o Jardín del Capricho. Pero la cuestión es: ¿te atreves a descubrirlos?.

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viernes, 23 de octubre de 2015

El Guardián del Umbral


No se trata del plagio de la delirante novela de H.P. Lovecraft, pero sí podría decirse que coincide básicamente con sus planteamientos, si consideramos el trasfondo psicológico que se oculta realmente detrás de éstas misteriosas figuras, conocidas generalmente como guardián o guardianes del umbral y que, con mayor o menor carga de efectividad emocional, custodian indolentemente cualquiera de esos accesos que separan dos mundos generalmente muy específicos, pero intrínsecamente relacionados: el físico y el espiritual. Si bien sus antecedentes más notables, se encuentran, generalmente, en los accesos a los templos, no son ajenos, tampoco, a otra clase de lugares e instituciones. Tal es el caso, por ejemplo, de un parque que bien podría considerarse como mágico, si por mágico entendemos –aparte, obviamente, del embrujo y la fascinación que despiertan siempre los lugares naturales-, la utilización de unos símbolos específicos, encaminados astutamente a despertar en el espectador unos arquetipos determinados, aletargados en lo más profundo de la psique, que vendrían a constituir esa otra realidad tan fascinante, a la que el gran psicólogo C. G. Jung denominaba como el inconsciente colectivo. Convertirse en hermeneuta y pretender ahondar, quizás, en ese profundo y tenebroso mar de la consciencia, conlleva, cuando menos, despertar profundos terrores contenidos en los genes de una humanidad que nació temblando de miedo en lo más profundo de las cavernas. Todas las grandes civilizaciones supieron aprovecharse de ello y los utilizaron; incluso el Cristianismo, seguramente basándose, sobre todo, en los demonios que conjuraban el modelo de modelos, es decir, el Templo de Salomón, también se alió con ellos, utilizándolos en los umbrales de sus templos. En este jardín mágico al que hacemos referencia –que descubriremos en una próxima entrada, cuando nos demos un paseo más amplio por él-, no deja de llamar la atención este simbólico centinela, en la figura de un imponente jabalí, plantado sobre sus cuartos traseros, a la entrada de una cueva o puente, según se mire –en no pocas ocasiones, vienen a constituir un efecto gemelo, simbólicamente hablando-, que podría considerarse como el umbral que separa, así mismo, los dos mundos a los que se viene haciendo referencia. Su aspecto, como el aspecto de aquellos terribles monstruos o leones, que generalmente solían ser una constante en los templos románicos –objetos y sujetos, sobre cuya evolución y planteamiento se podría un interesante y voluminoso tratado-, es igual de siniestro y amenazador, y cuando menos, invita también a la reflexión. Y observándolo y a la vez reflexionando, cabría también preguntarse si la pregunta que en realidad nos está haciendo, retándonos con sus poderosos colmillos, no es otra que ésta: ¿te atreves a ir más allá?.

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sábado, 3 de octubre de 2015

El agua que hace Sacra a una Ribera


Sabiamente se expresaba el gran poeta hindú, Rabindranath Tagore, cuando afirmaba que no es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción, como bien se nos recuerda, toda vez que nos dejamos caer por un Lugar del Espíritu, como es el Monasterio de Piedra y su maravilloso entorno. Pero no es de este monasterio -venido a menos con la Desamortización de Mendizábal y en parte recuperado con fines hosteleros- y de su entorno de quien pretendo hablar, siquiera unas breves líneas, sino de otro entorno privilegiado e indiscutiblemente especial, donde unos guijarros monumentales, metafóricamente hablando, han sido pulidos y moldeados con infinita destreza y con la paciencia de siglos, por las aguas maternas de un río, el Síl, que aunque no lleve la fama de su pariente, el Miño, despliega en silencio la sabiduría creadora de los auténticos maestros. Y no falta maestría, navegando en esas aguas que son espejo de luna y estrellas y Madre espiritual de cuyo pecho abrevaron en el pasado infinitud de pueblos y culturas, que fueron dejando huella de su paso, si bien terminaron imponiéndose unos cenobios cristianos que, curiosamente, y salvo excepciones tierra adentro, apenas recordaron la gran verdad de sus orígenes. Decían los egipcios, que eran las lágrimas de Isis las que gobernaban las aguas del Nilo. Puede que aquí no se la llamara Isis, y que tuviera otros nombres antes de alcanzar el de María -que en el fondo es lo mismo, pues hasta el Cristianismo reconoce a la Madre de la Madre como Ana o Agua-, pero su presencia, después de todo, es indiscutible y sublime, siendo el agua el líquido amniótico con el que Ella conecta y se comunica, como bien nos enseñan prácticamente todos los grandes mitos de la Creación. No es de extrañar, pues, que de tan carismática Fuente se alimenten, entre otros, unos viñedos que llevan en sus genes, cuando menos, los humores que tanto la caracterizan: benefactor y complaciente o por el contrario, irascible o perverso. Todo viaje por un lugar como ésta Ribera Sacra es, no cabe duda, un viaje de iniciación de primera magnitud. Porque, como decía el gran poeta: Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.

El agua que hace Sacra a una Ribera.