jueves, 3 de noviembre de 2011

El Monsacro asturiano

Dicen, y yo así lo creo, que en su cima reside el Nuberu, así como algunos otros diosecillos del panteón astur, desde tiempo inmemorial. Y debe de ser cierto, a juzgar por las repentinas tormentas que se forman sin previo aviso sobre ella, y las eternas neblinas que lo guardan durante buena parte del año, incluidos los meses de verano: el Monsacro. Acceder a este lugar del espíritu, no es fácil; aún habiendo varios senderos, la subida constituye un ejercicio de esfuerzo nada despreciable -sobre todo si se utiliza la senda de la Llorá- y no en vano está considerada como una ruta de peregrinación hacia los dos curiosas ermitas románicas que durante buena parte del año, tan sólo conviven con el ganado: la ermita de la Magdalena y la ermita de Santiago.

Difícil resultaría, pues, que en un lugar tan especial, los hombres no hubieran desplazado progresivamente a los dioses, sustituyendo y otorgando cultos y religiones, y que, en el ínterin temporal entre unos y otros, las leyendas, que probablemente nacen en el preciso momento en que el aura de la Historia se vuelve opaca, no afloraran con su espectacular carga fantástica.

Dejando a un lado la posible presencia de los inquietos fratres milites del Temple, parece más que probable que aquí recalaron y fueron ocultadas durante algún tiempo, las santas reliquias traídas de Jerusalén por Santo Toribio, y posteriormente trasladadas por Pelayo y un grupo de soldados de Morcín, después de la hecatombe visigoda y la caída de la capital del reino: Toledo.

Algo de verdad debe de haber, evidentemente, cuando tanto el arca como las reliquias se guardan hoy en día en la cripta de la catedral de Oviedo. Pero quizás lo más interesante, después de todo, radique en el carácter, eminentemente sacro, que esta montaña distante apenas 8 kilómetros de la capital del Principado, tuvo desde tiempo inmemorial para las diferentes razas y culturas que habitaron sus alrededores.

Y una cosa es segura: la belleza del entorno y las sensaciones que se experimentan, una vez encaramados en la cima, bien merecen el esfuerzo.



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