lunes, 21 de septiembre de 2015

Molinos de Portofurado


Otro de los innumerables elementos que por antigüedad, tradición y arraigambre en la cultura mediática popular, parece formar parte también de ese numeroso grupo de elementos tradicionales, a los que de manera simbólica se podría otorgar el adjetivo calificativo de mágico, es el molino, o muiño, como es generalmente denominado en llingua galega. Suelen estar situados a la vera de ríos y arroyos, y gran parte de su peculiaridad y encanto, reside en que, generalmente, se los encuentra uno situados en parajes de extraordinaria belleza, por lo que no resulta difícil que por añadidura, en muchas ocasiones, su contemplación suela producir en el observador la sensación de estar bajo los efectos de un meigallo, palabra con la que las bonas xentes galegas definen al hechizo o embrujamiento.

Por otra parte, si tuviéramos que hacer comparaciones, por muy odiosas que éstas, en el fondo, puedan llegar a resultarnos, tal vez no nos resulte ciertamente exagerado ver en estos rudimentarios pero eficaces auxiliares del fascinante mundo rural, un elemento psicopompo –por su asociación con el río, el viaje y los peajes-, ligado, además, a una abundante y variada mitología, en la que el folklore popular, transforma a las antiguas xanas o donas d’aigua, en las hermosas molineras que dieron origen a numerosas coplas y canciones, bajo cuyos encantos sucumbió incluso más de un párroco rural. 



Publicado en STEEMIT, el día 21 de marzo de 2018: https://steemit.com/spanish/@juancar347/molinos-de-portofurado

viernes, 18 de septiembre de 2015

La catedral de León al atardecer


Dejando a un lado los Lugares del Espíritu por excelencia, que no son otros que los inapreciables retoños que brotan de la cálida matriz de Donna Gaia, si tuviera que pensar en aquellos otros ideados por la mano del hombre -al fin y al cabo, pauperi y limitado imitador del Arte Supremo-, no podría, por menos, que decidirme por las catedrales. Con ellas, ocurre lo mismo que con las personas: son un mundo. Un mundo, por añadidura, que merece la pena descubrir y amar. Pero descubrir, significa también admirar, buscar la belleza interna y externa de las cosas, y dejarse llevar por la gracia de las sensaciones generadas en un instante. A mí me pareció, y por eso lo comparto, que esa gracia se mostró un atardecer de verano -lejos quedaba la magia de la noche de San Juan, pero no la alegría del solsticio-, cuando el sol se dirigía hacia su cuna en Finisterre y la explosión de gloria de sus últimos bostezos, cual dedo de Midas, se desparramaba con filigranas de oro por la fachada de una sacerdotisa -metafóricamente hablando-, que se preparaba a recibir a su Señora, la Luna. Decía Heráclito de Éfeso, que el carácter del hombre es su destino; pero se guardó mucho de añadir, que en el fondo, tanto el destino como el carácter como el hombre, siempre sucumben frente a la Belleza.


Publicado en Steemit, el día 22 de abril de 2018: https://steemit.com/talentclub/@juancar347/la-catedral-de-leon-al-atardecer

domingo, 13 de septiembre de 2015

Infiesto: Santuario de la Virgen de la Cueva


'Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva...'

Otro de los principales Santuarios Marianos del Principado, junto con los de Covadonga, Santa María de Lugás e incluso la popular Virgen del Acebo, situada a mil metros de altitud, en el puerto que lleva su nombre y a unos doce kilómetros, aproximadamente de Cangas del Narcea, no es otro que este humilde pero hermoso cobijo que, dedicado a una figura ancestral, cuyo nombre resulta más que suficiente para encender la imaginación e intuir sus ancestrales orígenes, así como sus precristianas raíces, se localiza en uno de los lugares más relevantes de Asturias: el Santuario de la Virgen de la Cueva, en Infiesto. Hemos de situar Infiesto, en esa carretera general que, partiendo de Oviedo conduce, siguiendo en paralelo antiguos caminos reales bien utilizados por los peregrinos -incluido Colloto, de cuya iglesia prerrománica dedicada a la figura de Santa Eulalia no queda nada, pues tuvo que ser remodelada después de la Guerra Civil, pero sí que conserva, no obstante, el antiguo puente medieval que atravesaban todos los peregrinos que se dirigían en dirección a la catedral de San Salvador de Oviedo-, hacia Arriondas, donde se bifurca, a la derecha en dirección a Cangas de Onís y Covadonga y a la izquierda, hacia Llanes y la costa. Infiesto, además, queda en las proximidades de otras poblaciones que, si bien aparentemente han perdido la mayor parte de su relevancia artística medieval, no dejan de tener una larga e interesante historia, como sería el caso de la vecina Soto de Dueñas, o de Llames de Parres, en cuyo término, aunque ciertamente con posteriores remodelaciones, se puede ver una auténtica y singular joya románica, en su iglesia de los siglos XI-XII, dedicada a una peculiar figura: San Martín de Escoto.

Bien señalizado, no obstante apenas se entra en la localidad, aunque situado a las afueras de ésta, aproximadamente doscientos metros más adelante del tanatorio, tenemos en este recóndito lugar, posiblemente, también, el origen de esa popular canción, cuyas primeras estrofas sirven de preludio a la presente entrada. Si bien no tiene las proporciones y la fenomenal galería subterránea que recorre los interiores del monte Auseba donde se eleva el más importante y ya mencionado Santuario de la Santina de Covadonga, tenemos aquí uno de los lugares más apacibles y emblemáticos de la fenomenología mariana astur, plácidamente asentado sobre el refugio de una formidable formación rocosa, a cuya vera, tranquilo y cantarín, discurre con parsimoniosa pulcritud el río Piloña.


sábado, 5 de septiembre de 2015

La Magia del Narcea


Algunos kilómetros más allá de su nacimiento en las Fuentes que llevan su nombre, y una vez pasados la señorial Cangas del Narcea e incluso Corias -lugar donde se asienta ese legendario monasterio cauriense, supuestamente descendido del cielo, probablemente por ángeles hermanos de aquéllos otros, cuyas artes en la orfebrería legaron a la posteridad una de las más insignes Cruces que se conservan en la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo, aquélla que también lleva su nombre, de los Ángeles-, el Narcea se desliza somnoliento, corcoveando, cual cuélebre fantástico, a la vera de montes y quebradas que, imbuidas de ancestral misterio, lucen, no obstante su grandiosa hermosura, un cierto aspecto de tenebrosa sobrenaturalidad. Esos corcoveos, a medida que el río crece y se ensancha, acercándose a una temprana madurez, se transforman en perfectas curvas de ballesta -como diría aquél hombre bueno, que fuera Don Antonio Machado, aunque en este caso, refiriéndose a su pariente el Duero a su paso por la ciudad de Soria y la ermita de San Saturio-, regalando escenas inolvidables, seguramente encaminadas a seducir los espíritus de los hombres. No resulta vano y mucho menos baladí hablar de seducciones, si tenemos en cuenta que estamos en una parte muy particular de esas milenarias Asturias, donde algún que otro viajero, tuvo la fortuna -o la desgracia, según se mire-, de tropezarse con uno de esos seres sobrenaturales -Dioses de la Vida y de la Muerte, como los definió en el siglo pasado, ese gran cronista asturiano que fue Constantino Cabal- que conforman la rica mitología popular astur. Cuenta aquél gran hombre y teósofo que fuera Mario Roso de Luna, que por estos lares, y mientas se dirigía hacia Soto de los Infantes, le salió al paso una formidable xana, de la que quedó mortalmente prendido y de cuya influencia pudo escapar con bien, gracias a ciertas ayudas, evidentemente también sobrenaturales, que le proporcionaron algunos peculiares compañeros de viaje. Quisiera pensar, a la vista de la belleza que se muestra en las imágenes centrales del presente vídeo, que el lugar de la experiencia sobrenatural de Roso pudo producirse, ¿por qué no?, en ésta curva de ballesta tan genuinamente extraordinaria, que forma el Narcea a su paso por el pueblecito de Pilotuerto -Pilotuertu en bable-, que casualmente, se encuentra situado a una distancia más o menos equidistante entre Cangas del Narcea y Soto de los Infantes. Tal del color verde esmeralda de sus aguas, eran los ojos de la xana que le encandiló y tal como los rayos del sol que procuran una corona áurea a las ramas de los árboles que se reflejan en este maravilloso espejo, los cabellos. También me pregunta, para terminar y puestos a especular, si ese sobrenombre latino con el que muchas veces nos referimos al Sol -Lorenzo-, no será en honor de aquél abnegado mártir que, según la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, puso a buen recaudo el Santo Grial, cuando los vándalos de Alarico tomaron y saquearon Roma. Recordemos, que como el Sol, el Santo Grial puede dar, pero también puede quitar la vida. Sea como sea, el lugar merece una parada prolongada, siquiera sea para permitir al espíritu solazarse con su belleza. Pero eso sí: si ven alguna rubia haciendo auto-stop, no olviden los famosos versos de Campomanes:

¡Ay del que va en el mundo a alguna parte
y se encuentra a una rubia en el camino!



Publicado en STEEMIT, el día 28 de marzo de 2018: https://steemit.com/spanish/@juancar347/un-rincon-del-narcea

jueves, 18 de junio de 2015

El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia


Ningún ejemplo resulta más notable para resumir, en todo el esplendor de su perfección y belleza, esa concepción de estrecha unión entre arquitectura y naturaleza, entre lo que es arriba y lo que es abajo, que la presente fantasía evolutiva, que es el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Un templo que, alejado de los cánones preconcebidos, impresiona, tanto exterior como interiormente, activando los profundos mecanismos de la perfecta arca de resonancia que es, comparativamente hablando, concebida con unos efectos –numerosos, geniales y milimétricamente distribuidos-, que inciden sobre las percepciones psíquicas del individuo, facilitando la íntima y a la vez incognoscible comunicación con la Divinidad. De hecho, si la planta de algunas de las grandes catedrales góticas, representaban sobre el plano y de manera simbólica el cuerpo de Cristo en la cruz, entrar en el interior de la Sagrada Familia, mirar hacia las subliminales alturas y observar los diseños y concepción de sus bóvedas, claves, arbotantes y pilastras, simulando el esqueleto humano, invita a la reflexión, a pensar en ese pasaje neo-testamentario de esperanza y resurrección, en el que quizás se inspiró Gaudí para, aun llevando a su máxima expresión ese estilo incompleto, como gustaba considerar al gótico, presentar la visión de ese Dios resucitado y capaz, de pie e inconmensurable, de acoger a su rebaño con los brazos abiertos. Un cuerpo y unos brazos, que muestran los fluidos solares desparramándose a través de unas venas, las vidrieras cuya luz se distribuye por todos los rincones semejando a ese Pelícano místico que se desgarra su propio pecho para dar de comer a sus hijos, constituyendo, de paso, el más grande exponente de Lugar del Espíritu creado por el hombre y destinado a ser, desde luego, un Lugar del Espíritu Universal.

Pero claro, esto es tan sólo una manera de expresar y sentir el Lugar Sagrado.


Publicado en STEEMIT, el día 27 de marzo de 2018: https://steemit.com/spanish/@juancar347/el-templo-expiatorio-de-la-sagrada-familia

viernes, 5 de junio de 2015

Brihuega: Santuario de la Virgen de la Peña


Siempre resulta una experiencia realmente emocionante, tener la oportunidad de acceder a un antiguo lugar de culto, independientemente de la provincia donde éste se sitúe, sin importar, después de todo, que los efectos del tiempo y sobre todo, aquellos quizás más importantes provocados por la mano del hombre, resten una buena parte de la excelencia sacra que éste tuvo en su momento. Uno de los más interesantes, y a la vez, del que todavía podemos sacar relevantes conclusiones, no es otro que este Santuario de la Virgen Peña. Localizado en la histórica ciudad alcarreña de Brihuega, nos revela no sólo lo que debió de ser, en tiempos, un verdadero centro espiritual de culto a la figura primordial de esa Gran Diosa Madre que, llámese como se quiera –Isis, Ashera, Astarté, Tanith, etc- bajo su manto –sea o no éste el original con forma inequívoca de triángulo, señalando ese carácter tripartito que tenían muchos de los santuarios más primitivos- se acogieron y nutrieron prácticamente todas las culturas de la más remota Antigüedad, sino que además, en su propia historia, o mejor dicho, en esa corriente popular que generalmente suele llevar siempre consigo algo de inmaculada agua histórica –como suelen decir algunos autores, entre ellos el estimado Maese Alkaest-, viniendo, quizás, a indicarnos, así mismo, olvidadas y ancestrales rutas de peregrinación de las que cada vez van quedando menos huellas en ésta, nuestra mágica Hesperia. No parece ser casual ésta advocación –de la Peña-, al que además hay que añadir el detalle del color específico de las imágenes –negras- que parece señalarnos unos lugares muy determinados, cuyo denominador común –aparte del dato consignado de su remoto culto-, parece ser la presencia de una orden que, si hemos de tener en cuenta sus supuestos estatutos secretos, tenían a la figura de Nuestra Señora como el principio y final de su religión, porque ya existía antes que las montañas –aquéllas a las que se refería el propio San Bernardo, como parte de los mejores lugares de aprendizaje- y la tierra: la Orden de los caballeros templarios. Y los lugares que merece la pena reseñar y que conformarían una auténtica ruta de Vírgenes Negras atravesando diferentes provincias de la Vieja y la Nueva Castilla, no son otros que Calatayud, Ágreda, Brihuega y Sepúlveda. Aquí, además, se da la circunstancia de que en la propia tradición que envuelve esta asombrosa figura, se cita a personajes, como la princesa mora Zulema, hermana de otra doncella mora cristianizada, en cuyo honor se levantó también en un lugar de antiguos cultos precristianos en la Bureba, un magnífico santuario: SantaCasilda. De la cristianización de este lugar, así como de la posterior tradición eremítica que se instaló en él, llaman la atención los escalones labrados en la roca, así como la presencia de dos arcos románicos, que a su vez recuerdan otro lugar, no excesivamente lejano, donde también se cristianizó un lugar precristiano, levantándose una ermita en honor a Santa Elena junto a la cueva sagrada, en cuya entrada puede apreciarse otro singular arco románico: la ermita y cueva de la Santa Cruz, en Conquezuela, en la vecina provincia de Soria. Si bien la reproducción que podemos ver en este santuario es una copia, sin duda, responde fielmente al original, que se conserva en la cabecera de la iglesia que lleva su nombre, levantada sobre el mismo farallón, al lado del antiguo castillo moro, hoy día, cementerio municipal.


martes, 19 de mayo de 2015

Eremitorios de Cívica


Hablaba Fernando Sánchez Dragó, en la página 14 de su Discurso Numantino (1), acerca de la España de hoy. Decía, y afronto el riesgo de citarlo textualmente,  con dos cojones –como Espartero o como Don Camilo, el del viaje a la Alcarria-, que la España de hoy, que ni es España ni es nada, da entonces su primer vagido, pero la otra España –la de Tiermes, la de las Tres Culturas, la del Cid, la de Cervantes, la de la trashumancia y la tauromaquia- aún patalea y se resiste a morir. Añadía más adelante, allá por la página 25, de la que sí que quiero acordarme porque al contrario que Cervantes, en mi caso, baturro o no pero con esa nobleza que siempre obliga, que Dios ahoga, pero no aprieta, dejando flotar en el aire, como un gemido lastimero, una nota de nostalgia, un pétalo desprendido de su tallo o tal vez un deseo irrealizable frente a la lámpara maravillosa aunque huérfana del Genio de Aladino, la posibilidad de que quizá quede aún España Mágica. Créase o no, estos pensamientos me asaltaban el pasado sábado, cuando me propuse derribar –Hércules cristobalino, aunque impotente, después de todo- las columnas salomónicas de la monótona dictadura a la que el dolce far niente de un puente insípido y otras consideraciones morales amenazaban con someterme al vegetativo ostracismo teresiano del vivir aunque no viva y mal herido de envidia –que el pecado de la virtud, ya lo decía don Antonio Machado, hizo a Caín criminal-, me dispuse a despertar, en un arranque de legítimo orgullo a ese osado Caminante que siempre me sigue a todas partes y cuya compañía continuamente requiero, sobre todo cuando las campanas lejanas de Gárgoris y Habidis tocan a rebato: silencio en el Álamo; madrugada de gallos gnósticos, carretera, bostezos y manta. El sol, un círculo magenta en el horizonte, que amenaza despertar con la furia de un gigante dormido. A medio camino entre Cifuentes y Brihuega; entre la Dama Negra de la Peña, la Psicomaquia poitevina de la portada de Santiago y el cimborrio octogonal del convento de San Blas, un atisbo de esa herencia termestina, cuando no más lejana aún y altamirana, igualmente subterránea y eremítica, que aun negándose a desaparecer, tiembla con la amenaza de ese mismo enemigo, cruel e insaciable, que sepultó en los lodos del olvido y el cemento a la inmemorial Tartesos con las armas principales de la herencia mudéjar peninsular: el ladrillo.

El mundo troglodítico de Cívica lleva toda la vida descubierto, aunque, hablar por hablar y añadiendo fuego a la cuestión de los currículos, en el mío figura -si la libretilla que también viaja siempre conmigo, la misma que algunos de mis buenos amigos quieren algún día heredar, no me engaña- como descubierta en mayo de 2011. Es decir, en el mismo mes, tal vez en la misma fecha, puede que a la misma hora, pero desde luego, a juzgar por las fotos que todavía conservo de aquélla primera y memorable experiencia, en un día totalmente diferente: la campana del Álamo apenas se dejaba seducir por un ligero viento de levante, tal vez de poniente pero en modo alguno cierzo amenazador; el gnosticismo de los gallos de la madrugada brillaba por su ausencia y el sol se dedicaba a galantear como un colegial donjuán a un cielo petado de nubes. Cívica, por aquél mayo de entonces, era una auténtica Sheilla N'agiz -pido humildemente perdón por la patada que acabo de meterle en la espinilla al  gaélico irlandés y acepto la tarjeta roja con expulsión incluida- fea y hermosa a un tiempo, de matriz abierta a la vida en su lecho de silencio, cortesana que se dejaba acariciar y con un poco de suerte, poseer. La Cívica que vi hace unos días, parecía la misma, pero desde luego, ya no lo era: teóricamente insolente, coqueta como ninfa acicalándose el cabello con su peine de oro en la prístina cascada, las piernas apretadas, oculto el sexo y un nuevo carnet de identidad: Inmobiliaria Alcalá.

En conclusión y decepción de decepciones: ¿queda España Mágica?. Quedar, lo que se dice quedar, amigo Sancho, pues siendo optimistas, se podría decir que algo queda, incluidas tus añoradas ínsulas, al menos mientras el ladrillo vuelva a levantar la cabeza. Ahora bien, la cuestión es: lo que queda, ¿cuánto aguantará?.



(1) Fernando Sánchez Dragó: 'Discurso numantino. Segunda y última salida de los ingeniosos hidalgos Gárgoris y Habidis', Editorial Planeta, S.A., primera edición: mayo de 1995.