Sabiamente se expresaba el gran poeta hindú, Rabindranath Tagore, cuando afirmaba que no es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción, como bien se nos recuerda, toda vez que nos dejamos caer por un Lugar del Espíritu, como es el Monasterio de Piedra y su maravilloso entorno. Pero no es de este monasterio -venido a menos con la Desamortización de Mendizábal y en parte recuperado con fines hosteleros- y de su entorno de quien pretendo hablar, siquiera unas breves líneas, sino de otro entorno privilegiado e indiscutiblemente especial, donde unos guijarros monumentales, metafóricamente hablando, han sido pulidos y moldeados con infinita destreza y con la paciencia de siglos, por las aguas maternas de un río, el Síl, que aunque no lleve la fama de su pariente, el Miño, despliega en silencio la sabiduría creadora de los auténticos maestros. Y no falta maestría, navegando en esas aguas que son espejo de luna y estrellas y Madre espiritual de cuyo pecho abrevaron en el pasado infinitud de pueblos y culturas, que fueron dejando huella de su paso, si bien terminaron imponiéndose unos cenobios cristianos que, curiosamente, y salvo excepciones tierra adentro, apenas recordaron la gran verdad de sus orígenes. Decían los egipcios, que eran las lágrimas de Isis las que gobernaban las aguas del Nilo. Puede que aquí no se la llamara Isis, y que tuviera otros nombres antes de alcanzar el de María -que en el fondo es lo mismo, pues hasta el Cristianismo reconoce a la Madre de la Madre como Ana o Agua-, pero su presencia, después de todo, es indiscutible y sublime, siendo el agua el líquido amniótico con el que Ella conecta y se comunica, como bien nos enseñan prácticamente todos los grandes mitos de la Creación. No es de extrañar, pues, que de tan carismática Fuente se alimenten, entre otros, unos viñedos que llevan en sus genes, cuando menos, los humores que tanto la caracterizan: benefactor y complaciente o por el contrario, irascible o perverso. Todo viaje por un lugar como ésta Ribera Sacra es, no cabe duda, un viaje de iniciación de primera magnitud. Porque, como decía el gran poeta: Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.
El agua que hace Sacra a una Ribera.
