No cabe duda de que tenemos aquí el auténtico corazón espiritual de la Península; un corazón alojado en lo más profundo de unas montañas inconquistables, cuyos latidos fueron la fuerza y la esperanza de la que brotarían los futuros reinos hispanos; unos reinos que, surgidos a sangre y fuego, pero alentados por el poder de la Fe, conformarían la base de las diferentes Comunidades Autónomas un milenio después.
Pero Covadonga es algo más; es un lugar donde habitan los Mitos; el crisol en cuyo fondo permanece la mácula de lo cotidiano y se libera el dulce efluvio de las leyendas. No es de extrañar, por tanto, que bajo una filosofía esotéricamente jacobea, haya quien entrevea aquí, etimológicamente oculto, un símbolo indicador de caminos y compare Covadonga con Covadoca. Y no sería una cuestión baladí, bajo mi punto de vista, porque en este Lugar del Espíritu, cualquier cosa es posible.