viernes, 23 de octubre de 2015

El Guardián del Umbral


No se trata del plagio de la delirante novela de H.P. Lovecraft, pero sí podría decirse que coincide básicamente con sus planteamientos, si consideramos el trasfondo psicológico que se oculta realmente detrás de éstas misteriosas figuras, conocidas generalmente como guardián o guardianes del umbral y que, con mayor o menor carga de efectividad emocional, custodian indolentemente cualquiera de esos accesos que separan dos mundos generalmente muy específicos, pero intrínsecamente relacionados: el físico y el espiritual. Si bien sus antecedentes más notables, se encuentran, generalmente, en los accesos a los templos, no son ajenos, tampoco, a otra clase de lugares e instituciones. Tal es el caso, por ejemplo, de un parque que bien podría considerarse como mágico, si por mágico entendemos –aparte, obviamente, del embrujo y la fascinación que despiertan siempre los lugares naturales-, la utilización de unos símbolos específicos, encaminados astutamente a despertar en el espectador unos arquetipos determinados, aletargados en lo más profundo de la psique, que vendrían a constituir esa otra realidad tan fascinante, a la que el gran psicólogo C. G. Jung denominaba como el inconsciente colectivo. Convertirse en hermeneuta y pretender ahondar, quizás, en ese profundo y tenebroso mar de la consciencia, conlleva, cuando menos, despertar profundos terrores contenidos en los genes de una humanidad que nació temblando de miedo en lo más profundo de las cavernas. Todas las grandes civilizaciones supieron aprovecharse de ello y los utilizaron; incluso el Cristianismo, seguramente basándose, sobre todo, en los demonios que conjuraban el modelo de modelos, es decir, el Templo de Salomón, también se alió con ellos, utilizándolos en los umbrales de sus templos. En este jardín mágico al que hacemos referencia –que descubriremos en una próxima entrada, cuando nos demos un paseo más amplio por él-, no deja de llamar la atención este simbólico centinela, en la figura de un imponente jabalí, plantado sobre sus cuartos traseros, a la entrada de una cueva o puente, según se mire –en no pocas ocasiones, vienen a constituir un efecto gemelo, simbólicamente hablando-, que podría considerarse como el umbral que separa, así mismo, los dos mundos a los que se viene haciendo referencia. Su aspecto, como el aspecto de aquellos terribles monstruos o leones, que generalmente solían ser una constante en los templos románicos –objetos y sujetos, sobre cuya evolución y planteamiento se podría un interesante y voluminoso tratado-, es igual de siniestro y amenazador, y cuando menos, invita también a la reflexión. Y observándolo y a la vez reflexionando, cabría también preguntarse si la pregunta que en realidad nos está haciendo, retándonos con sus poderosos colmillos, no es otra que ésta: ¿te atreves a ir más allá?.

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sábado, 3 de octubre de 2015

El agua que hace Sacra a una Ribera


Sabiamente se expresaba el gran poeta hindú, Rabindranath Tagore, cuando afirmaba que no es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción, como bien se nos recuerda, toda vez que nos dejamos caer por un Lugar del Espíritu, como es el Monasterio de Piedra y su maravilloso entorno. Pero no es de este monasterio -venido a menos con la Desamortización de Mendizábal y en parte recuperado con fines hosteleros- y de su entorno de quien pretendo hablar, siquiera unas breves líneas, sino de otro entorno privilegiado e indiscutiblemente especial, donde unos guijarros monumentales, metafóricamente hablando, han sido pulidos y moldeados con infinita destreza y con la paciencia de siglos, por las aguas maternas de un río, el Síl, que aunque no lleve la fama de su pariente, el Miño, despliega en silencio la sabiduría creadora de los auténticos maestros. Y no falta maestría, navegando en esas aguas que son espejo de luna y estrellas y Madre espiritual de cuyo pecho abrevaron en el pasado infinitud de pueblos y culturas, que fueron dejando huella de su paso, si bien terminaron imponiéndose unos cenobios cristianos que, curiosamente, y salvo excepciones tierra adentro, apenas recordaron la gran verdad de sus orígenes. Decían los egipcios, que eran las lágrimas de Isis las que gobernaban las aguas del Nilo. Puede que aquí no se la llamara Isis, y que tuviera otros nombres antes de alcanzar el de María -que en el fondo es lo mismo, pues hasta el Cristianismo reconoce a la Madre de la Madre como Ana o Agua-, pero su presencia, después de todo, es indiscutible y sublime, siendo el agua el líquido amniótico con el que Ella conecta y se comunica, como bien nos enseñan prácticamente todos los grandes mitos de la Creación. No es de extrañar, pues, que de tan carismática Fuente se alimenten, entre otros, unos viñedos que llevan en sus genes, cuando menos, los humores que tanto la caracterizan: benefactor y complaciente o por el contrario, irascible o perverso. Todo viaje por un lugar como ésta Ribera Sacra es, no cabe duda, un viaje de iniciación de primera magnitud. Porque, como decía el gran poeta: Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.

El agua que hace Sacra a una Ribera.