lunes, 28 de septiembre de 2015

Arquetipos del Espíritu: el Otoño


El Otoño es el ángel en el Sepulcro, que nos señala el vacío del invierno, pero cuyos ojos nos prometen la resurrección de la primavera. Es la varita mágica del Mago, que nos hace ver que todo es ilusión o vanidad, como nos indica, a la vez, ese bastón que porta el Loco que todos llevamos dentro. Pero también, el Otoño es gracia de la Musa y Poesía, pues, como decía Álvaro Cunqueiro (1), ¿acaso no será el hombre el árbol que da las flores de la melancolía?. Y de ser así, añadía, cuando éstas flores brotan, ¿no se da cuenta el hombre de que ha florecido en otoño, al borde mismo del frío viento invernal?. El Otoño: un arquetipo sobre el que meditar.


(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos' (selección de César Antonio Molina), Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004, página 21

lunes, 21 de septiembre de 2015

Molinos de Portofurado


Otro de los innumerables elementos que por antigüedad, tradición y arraigambre en la cultura mediática popular, parece formar parte también de ese numeroso grupo de elementos tradicionales, a los que de manera simbólica se podría otorgar el adjetivo calificativo de mágico, es el molino, o muiño, como es generalmente denominado en llingua galega. Suelen estar situados a la vera de ríos y arroyos, y gran parte de su peculiaridad y encanto, reside en que, generalmente, se los encuentra uno situados en parajes de extraordinaria belleza, por lo que no resulta difícil que por añadidura, en muchas ocasiones, su contemplación suela producir en el observador la sensación de estar bajo los efectos de un meigallo, palabra con la que las bonas xentes galegas definen al hechizo o embrujamiento.

Por otra parte, si tuviéramos que hacer comparaciones, por muy odiosas que éstas, en el fondo, puedan llegar a resultarnos, tal vez no nos resulte ciertamente exagerado ver en estos rudimentarios pero eficaces auxiliares del fascinante mundo rural, un elemento psicopompo –por su asociación con el río, el viaje y los peajes-, ligado, además, a una abundante y variada mitología, en la que el folklore popular, transforma a las antiguas xanas o donas d’aigua, en las hermosas molineras que dieron origen a numerosas coplas y canciones, bajo cuyos encantos sucumbió incluso más de un párroco rural. 

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viernes, 18 de septiembre de 2015

La catedral de León al atardecer


Dejando a un lado los Lugares del Espíritu por excelencia, que no son otros que los inapreciables retoños que brotan de la cálida matriz de Donna Gaia, si tuviera que pensar en aquellos otros ideados por la mano del hombre -al fin y al cabo, pauperi y limitado imitador del Arte Supremo-, no podría, por menos, que decidirme por las catedrales. Con ellas, ocurre lo mismo que con las personas: son un mundo. Un mundo, por añadidura, que merece la pena descubrir y amar. Pero descubrir, significa también admirar, buscar la belleza interna y externa de las cosas, y dejarse llevar por la gracia de las sensaciones generadas en un instante. A mí me pareció, y por eso lo comparto, que esa gracia se mostró un atardecer de verano -lejos quedaba la magia de la noche de San Juan, pero no la alegría del solsticio-, cuando el sol se dirigía hacia su cuna en Finisterre y la explosión de gloria de sus últimos bostezos, cual dedo de Midas, se desparramaba con filigranas de oro por la fachada de una sacerdotisa -metafóricamente hablando-, que se preparaba a recibir a su Señora, la Luna. Decía Heráclito de Éfeso, que el carácter del hombre es su destino; pero se guardó mucho de añadir, que en el fondo, tanto el destino como el carácter como el hombre, siempre sucumben frente a la Belleza.

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domingo, 13 de septiembre de 2015

Infiesto: Santuario de la Virgen de la Cueva


'Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva...'

Otro de los principales Santuarios Marianos del Principado, junto con los de Covadonga, Santa María de Lugás e incluso la popular Virgen del Acebo, situada a mil metros de altitud, en el puerto que lleva su nombre y a unos doce kilómetros, aproximadamente de Cangas del Narcea, no es otro que este humilde pero hermoso cobijo que, dedicado a una figura ancestral, cuyo nombre resulta más que suficiente para encender la imaginación e intuir sus ancestrales orígenes, así como sus precristianas raíces, se localiza en uno de los lugares más relevantes de Asturias: el Santuario de la Virgen de la Cueva, en Infiesto. Hemos de situar Infiesto, en esa carretera general que, partiendo de Oviedo conduce, siguiendo en paralelo antiguos caminos reales bien utilizados por los peregrinos -incluido Colloto, de cuya iglesia prerrománica dedicada a la figura de Santa Eulalia no queda nada, pues tuvo que ser remodelada después de la Guerra Civil, pero sí que conserva, no obstante, el antiguo puente medieval que atravesaban todos los peregrinos que se dirigían en dirección a la catedral de San Salvador de Oviedo-, hacia Arriondas, donde se bifurca, a la derecha en dirección a Cangas de Onís y Covadonga y a la izquierda, hacia Llanes y la costa. Infiesto, además, queda en las proximidades de otras poblaciones que, si bien aparentemente han perdido la mayor parte de su relevancia artística medieval, no dejan de tener una larga e interesante historia, como sería el caso de la vecina Soto de Dueñas, o de Llames de Parres, en cuyo término, aunque ciertamente con posteriores remodelaciones, se puede ver una auténtica y singular joya románica, en su iglesia de los siglos XI-XII, dedicada a una peculiar figura: San Martín de Escoto.

Bien señalizado, no obstante apenas se entra en la localidad, aunque situado a las afueras de ésta, aproximadamente doscientos metros más adelante del tanatorio, tenemos en este recóndito lugar, posiblemente, también, el origen de esa popular canción, cuyas primeras estrofas sirven de preludio a la presente entrada. Si bien no tiene las proporciones y la fenomenal galería subterránea que recorre los interiores del monte Auseba donde se eleva el más importante y ya mencionado Santuario de la Santina de Covadonga, tenemos aquí uno de los lugares más apacibles y emblemáticos de la fenomenología mariana astur, plácidamente asentado sobre el refugio de una formidable formación rocosa, a cuya vera, tranquilo y cantarín, discurre con parsimoniosa pulcritud el río Piloña.

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sábado, 5 de septiembre de 2015

La Magia del Narcea


Algunos kilómetros más allá de su nacimiento en las Fuentes que llevan su nombre, y una vez pasados la señorial Cangas del Narcea e incluso Corias -lugar donde se asienta ese legendario monasterio cauriense, supuestamente descendido del cielo, probablemente por ángeles hermanos de aquéllos otros, cuyas artes en la orfebrería legaron a la posteridad una de las más insignes Cruces que se conservan en la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo, aquélla que también lleva su nombre, de los Ángeles-, el Narcea se desliza somnoliento, corcoveando, cual cuélebre fantástico, a la vera de montes y quebradas que, imbuidas de ancestral misterio, lucen, no obstante su grandiosa hermosura, un cierto aspecto de tenebrosa sobrenaturalidad. Esos corcoveos, a medida que el río crece y se ensancha, acercándose a una temprana madurez, se transforman en perfectas curvas de ballesta -como diría aquél hombre bueno, que fuera Don Antonio Machado, aunque en este caso, refiriéndose a su pariente el Duero a su paso por la ciudad de Soria y la ermita de San Saturio-, regalando escenas inolvidables, seguramente encaminadas a seducir los espíritus de los hombres. No resulta vano y mucho menos baladí hablar de seducciones, si tenemos en cuenta que estamos en una parte muy particular de esas milenarias Asturias, donde algún que otro viajero, tuvo la fortuna -o la desgracia, según se mire-, de tropezarse con uno de esos seres sobrenaturales -Dioses de la Vida y de la Muerte, como los definió en el siglo pasado, ese gran cronista asturiano que fue Constantino Cabal- que conforman la rica mitología popular astur. Cuenta aquél gran hombre y teósofo que fuera Mario Roso de Luna, que por estos lares, y mientas se dirigía hacia Soto de los Infantes, le salió al paso una formidable xana, de la que quedó mortalmente prendido y de cuya influencia pudo escapar con bien, gracias a ciertas ayudas, evidentemente también sobrenaturales, que le proporcionaron algunos peculiares compañeros de viaje. Quisiera pensar, a la vista de la belleza que se muestra en las imágenes centrales del presente vídeo, que el lugar de la experiencia sobrenatural de Roso pudo producirse, ¿por qué no?, en ésta curva de ballesta tan genuinamente extraordinaria, que forma el Narcea a su paso por el pueblecito de Pilotuerto -Pilotuertu en bable-, que casualmente, se encuentra situado a una distancia más o menos equidistante entre Cangas del Narcea y Soto de los Infantes. Tal del color verde esmeralda de sus aguas, eran los ojos de la xana que le encandiló y tal como los rayos del sol que procuran una corona áurea a las ramas de los árboles que se reflejan en este maravilloso espejo, los cabellos. También me pregunta, para terminar y puestos a especular, si ese sobrenombre latino con el que muchas veces nos referimos al Sol -Lorenzo-, no será en honor de aquél abnegado mártir que, según la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, puso a buen recaudo el Santo Grial, cuando los vándalos de Alarico tomaron y saquearon Roma. Recordemos, que como el Sol, el Santo Grial puede dar, pero también puede quitar la vida. Sea como sea, el lugar merece una parada prolongada, siquiera sea para permitir al espíritu solazarse con su belleza. Pero eso sí: si ven alguna rubia haciendo auto-stop, no olviden los famosos versos de Campomanes:

¡Ay del que va en el mundo a alguna parte
y se encuentra a una rubia en el camino!


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